26-05-2024
30-04-2019 | Historias orales de la Región Capital
La Plata | Leyendas suburbanas: "Don Zenón de Ringuelet"
Por Valdemar Tzar√°, Recuperador de historias orales, propias y ajenas, exclusivo para Cadena BA.- De don Zen√≥n de Ringuelet, un pesimista antropol√≥gico muy poco sociable s√≥lo queda esta memoria en mi memoria y tal vez ciertos recuerdos marchitados en la evocaci√≥n de alg√ļn viejo vecino.

Don Zen√≥n era un pesimista antropol√≥gico. Viv√≠a en un rancho de chapa y cart√≥n, como el m√≠o por aquellos a√Īos, casi en el centro de la manzana. S√≥lo hab√≠a entonces cuatro o cinco casas de material. Todo lo dem√°s, terrenos bald√≠os y chapas y cartones. Para llegar al rancho hab√≠a que caminar unos treinta metros por un angosto sendero de tierra, bordeado de √°rboles y pastizales.

No era muy sociable Don Zen√≥n. Tampoco se sab√≠a de qu√© viv√≠a. A la ma√Īana temprano se lo sol√≠a ver tomando mate, sentado en un tronco en la puerta del rancho, con la mirada en la tierra. Jam√°s se escuch√≥ en ese rancho radio ni televisi√≥n. La gente parec√≠a no percatarse de su presencia. La natural curiosidad de los chicos era paralizada por leyendas perversas. Le ten√≠an miedo. Ni siquiera hablaban de √©l. Tampoco miraban hacia el rancho cuando pasaban por ah√≠.

Yo miré un día. Iba a la escuela y se me ocurrió cambiar mi habitual recorrido por la vera del arroyo, para ir por la otra calle y verlo tomando mate. Lo vi. Me vio. La escena se repitió durante varios días. Uno de esos días me paré a la entrada del sendero y me quedé mirándolo. Don Zenón también se quedó mirándome. "No va a pasar nada", me dije. Y empecé a caminar hacia el rancho. Don Zenón no podía creer lo que veía.

Llegué a un metro de él, con mi guardapolvo gris y mi portafolio marrón y le dije "buen día". No me respondió. Sólo me miró, asombrado de que alguien se le acercara. Así que le dije que mi nombre era Valdemar y le pregunté cómo se llamaba. Se tomó un mate y me respondió seco: "Zenón"...

Se tomó otro mate y habló: "Mi nombre es de filósofo griego. Pre-socrático, dicen los que saben. Pero nadie sabe mucho de ese hombre. Dicen que dijo que un atleta no puede ganarle una carrera a una tortuga y también que una flecha lanzada por el arquero siempre se mantiene inmóvil. Algunos dicen que el nombre no es sólo identidad, sino también mandato. Así que acá estoy, cumpliendo ese mandato, pero yendo más allá: no me detengo a decir cosas sin sentido práctico. No digo nada ni hago nada. Sólo existo sin razones. Porque sí, nomás".

No entend√≠ nada de lo que me dijo. No sab√≠a de qu√© me estaba hablando. Y sigui√≥: "Trat√° de no saber nunca de d√≥nde viene tu nombre, para que no tengas que cumplir ning√ļn mandato". Como no entend√≠a nada, le dije "chau". Volv√≠ a recorrer el sendero y me fui a la escuela. En un recreo, le pregunt√© a mi maestra, la se√Īorita Mary, qu√© significaba mi nombre. Pero me dijo que no sab√≠a, que s√≥lo conoc√≠a un cuento con mi nombre, que eso me lo ten√≠an que decir mis padres.

A los pocos días, volví a pararme frente a Don Zenón y le pregunté de dónde venía. Esta vez se tomó dos mates. Y habló:

"Yo estaba en la plaza cuando el bombardeo. Fui uno de aquellos muertos. Bueno, en el hospital me dieron por muerto y me dejaron ahí. Me desperté a la madrugada y al rato me fui. Recuerdo que estaba muy débil y me costaba caminar. Pero llegué a la estación y me colé en el primer tren que salía. En Ringuelet me descubrió el guarda y me bajó del tren. Así que empecé a caminar y me encontré con este rancho abandonado. Desde entonces, acá estoy".

Recuerdo que ese fue el √ļltimo d√≠a de clase, que comenzaban las vacaciones, que no volv√≠ a ir a la escuela hasta el a√Īo siguiente. Y durante todo ese tiempo no sent√≠ el impulso de acercarme hasta el rancho. As√≠ que pasaron esos meses y me olvid√© de aquel bombardeo y del mandato que el nombre impone. Hasta que volv√≠ a recorrer el camino a la escuela por la vera del arroyo. Creo que fueron pocos los d√≠as de aquella rutina sin sentir aquel impulso. Una ma√Īana lo tuve y volv√≠ a cambiar mi recorrido.

Y allí estaba don Zenón, tomando mate. Pero, además del tronco en el que estaba sentado, ahora tenía frente a él una mesa de madera y, al costado, un segundo tronco. Llegué y me senté. No nos saludamos. Pasaron tres mates y me preguntó si sabía lo que eran los objetos cotidianos. Le dije que sí. Tomó otro mate y volvió a hablar:

"No te creo. Esta mesa, por ejemplo, es un objeto cotidiano. Pero esta mesa no es una mesa. Esta mesa es el trabajo acumulado que hay en ella. Desde el bosque hasta tu casa. Desde las minas hasta las fábricas de sierras, tornillos y clavos. Desde los pozos de petróleo hasta las fábricas de trenes y camiones. Desde la carpintería hasta el comercio. Y todo eso para que puedas comer cómodo. Sobre el hambre de millones. Sobre millones de trabajadores explotados. Sobre millones de trabajadores expulsados. Sobre tu propia indiferencia. Objetos cotidianos. La mesa. Tu indiferencia. Y el trabajo acumulado que hay en ambas", apuntó.

No dije nada. Me levanté y fui a la escuela. Nunca más volví a hablar con él. Tampoco pregunté a mis padres qué significaba mi nombre. Siguió mi vida con la normalidad de toda vida y no recuerdo cuándo dejé de verlo. Ya se sabe que los recuerdos de infancia son imprecisos y que pueden estar contaminados por fantasías diversas, pero eso no significa que sean invenciones. Cualquiera de mis vecinos sobrevivientes de aquella época debería dar fe de la existencia de don Zenón.

Con el tiempo comprend√≠ la historia de aquel bombardeo, la que dio inicio a su vida, la vida que yo conoc√≠ o intent√© conocer. Con el tiempo vine a descubrir un cuento de Edgar Allan Poe, que Julio Cort√°zar tradujo como "La verdad sobre el caso del se√Īor Valdemar". Al finalizar la primera lectura, me vino el recuerdo de aquella advertencia de don Zen√≥n, al que muchos a√Īos despu√©s bautic√© como pesimista antropol√≥gico, por su historia de los objetos cotidianos.

Con los a√Īos vine a enterarme de que la enorme casa quinta que se levantaba frente al rancho, como su espejo deforme, cruzando la calle de tierra, era emblem√°tica en la zona, porque all√≠ se reun√≠an en otros tiempos los "arist√≥cratas" platenses. Con los a√Īos tambi√©n me enter√© de que a la vuelta del rancho, por aquella misma √©poca en que lo conoc√≠ o intent√© conocerlo, viv√≠a una mujer viuda que era visitada por Borges. Pero esas son otras historias.

El rancho ya no existe. La manzana reboza hoy de viviendas de material, incluida la m√≠a, y no hay terrenos bald√≠os. De don Zen√≥n s√≥lo queda esta memoria en mi memoria y tal vez ciertos recuerdos marchitados en la evocaci√≥n de alg√ļn viejo vecino.