María Isabel Chicha Chorobik de Mariani murió ayer a los 94 años.
La fundadora y segunda presidenta de la Ascociación Abuelas de Plaza de
Mayo estaba internada desde el 11 de agosto tras sufrir un ACV.
Mariani
fundó en 1996 la Asociación Anahí, en homenaje a su nieta, Clara Anahí
Mariani, que el 12 de este mes hubiera cumplido 42 años.
Quizás
lo más triste de la noticia es que Chicha falleció sin poder conocer su
nieta, apropiada por la dictadura militar con apenas tres meses de vida.
Clara Anahí desapareció tras el ataque a la casa de La Plata en la que
vivía con sus padres, Daniel Mariani y Diana Teruggi, ambos militantes
de Montoneros, asesinados durante esos días.
Fue en 1977 que
junto a Alicia Licha Zubasnabar de De la Cuadra, decidieron crear una
organización de abuelas buscando a sus nietos desaparecidos, la que
sería conocida como Abuelas de Plaza de Mayo.
Comenzó buscando
sola a Clara Anahí en cuarteles, comisarías, juzgados, convirtiéndose en
una de las referentes más importantes de la causa de Abuelas. En 2007
la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires reconoció a Chicha con un
diploma de honor por su tarea a favor de los derechos humanos.
El
11 de agosto pasado Chicha había sufrido un ACV que derivó en su
internación. Su estado de salud fue de carácter estrictamente reservado,
hasta que este lunes, tras nueve días sin noticias, se conoció su
fallecimiento.
Las palabras de Laureano Barrera:
Todo
lo que pude hacer es volver a su voz. Antes me salí del escritorio donde
suelo escribir de noche, me llevé la computadora a la cama donde mi
compañera dormía -necesitaba estar cerca suyo, cerca de alguien que me
quitara algo de la sensación de orfandad-, y me quedé como un hámster,
haciendo girar la ruedita del mouse, leyendo los adioses que inundaron
las redes sociales y volviendo a escuchar con cada cambio de banda
horaria que se murió Chicha: en fogonazos remotos que debieron salir de
la televisión.
La primera noticia de su muerte había sido una
hora y media antes, a las diez menos cinco de la noche. Estaba
afeitándome y alguien le avisó a alguien que le avisó a Maika, y Maika
me avisó a mí. No sólo sabía que ese final era inevitable -como el de
todos, a fin de cuentas-, estaba avisado que iba a ser de un momento al
otro. Pero me dolió. Un rato después me llegó la confirmación de que
había sido alrededor de las nueve, la misma hora en que Gachi me dijo
por wassap que ya sólo la visitaban los muy íntimos porque su
respiración se entrecortaba a cada minuto más y yo le contesté que
comprendía bien y le encomendé el último beso de mi parte.
Dejó
el respeto unánime, por su coherencia y su tenacidad, y un amor sin
fisuras de los que tuvimos el privilegio de conocerla un poquito más. Y
una nieta en alguna parte a la que no pudo abrazar, pero que en algún
momento, aunque los genocidas presos sigan negándola, sabrá que su
nombre es Clara Anahí y que sus padres fueron Diana y Daniel. Y habrán
muchas memorias y muchas gargantas ávidas por contarle quiénes fueron
sus abuelos y como una de ellas cambió, buscándola, la historia de la
humanidad.
Me puse los auriculares grandes, apagué las luces y
abrí una de nuestras conversaciones. Su voz, escuchar esa serenidad de
siempre, me llenó de nostalgia y también de consuelo. Había sido casi
tres años antes, en octubre de 2015, cuando me habló por primera vez de
la muerte. La suya.
—¿Le tenés miedo a la muerte?
—No
me gusta la idea, pero a veces quisiera que llegara pronto. No le tengo
miedo a la muerte, le tengo miedo al dolor. Al dolor físico, porque no
lo soporto, ni un pinchacito. Siempre dije que si me llevaban los
militares, me iba a morir enseguida porque no iba a soportar ni el
primer golpe. Eso sí me preocupa. Y le pedido a mi médico, que cuando yo
me enferme de verdad no prolonguen mi vida. Tengo bastante, he hecho
bastante, no he conseguido lo que he querido, pero basta: no quiero
morir sufriendo. La vi sufrir a mi mamá mucho, y no quiero pasar por
eso. Quisiera irme en paz, que me dejen morir tranquila.
Estás en paz, Chicha. Morí tranquila. Acá no, seguiremos peleando hasta que Clara Anahí reencuentre su propia vida. Y la tuya.
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