Abrió el mapa del cementerio de Darwin y lo apoyó en el capó de un auto.
Estábamos en un garage subterráneo cerca del Congreso. Recién habíamos
terminado de ver el conmovedor documental "El héroe del Monte Dos
Hermanas", que expone el heroísmo de los combatientes de Malvinas y el
desgarrador dolor de sus madres.
En mi cabeza resonaban aún las
palabras de Nélida Montoya, mamá de Horacio Echave, muerto en la batalla
final, quien desde la pantalla gigante lloraba y dejaba su testimonio
de soledad y olvido: "Y caminé entre las cruces blancas y no lo
encontré. Una y otra vez busqué su nombre en esas placas grises. Grité
en la terrible soledad de Darwin: 'Hijo mío, ¿dónde estás?'. Esperaba
una señal, pero no hubo respuesta. Entonces besé todas las cruces sin
nombre, y elegí una tumba cualquiera para dejar mis flores. ¿Sabés la
tristeza que se siente cuando buscás a tu hijo y no lo encontrás?".
Julio
Aro, veterano del Regimiento 6 de Mercedes, señaló el mapa con 230
cruces. Me dijo: "Hay 121 tumbas que dicen 'Soldado Argentino Solo
Conocido por Dios'. Fui a las islas y no encontré a mis compañeros de
trinchera que yo mismo enterré después de la batalla. Muchas madres,
como Nélida, necesitan saber dónde están sus hijos, ¿nos ayudás a
buscarlos?".
Así comenzó la causa por la identidad de nuestros
héroes de Malvinas que cerró su primer capítulo cuando, en diciembre de
2017, en el Archivo General de la Memoria, el Gobierno informó a 107
familias, que dieron su sangre para las pruebas genéticas, la identidad
de 90 caídos en el Atlántico Sur. Soldados que fueron identificados
luego de un minucioso trabajo que incluyó un acuerdo entre Argentina y
el Reino Unido, la intervención de la Cruz Roja Internacional, la labor
de forenses de 12 países, y la certificación de tres laboratorios en
Argentina, Gran Bretaña y España.
"¿Me ayudás a ayudar a estas
mamás?", repitió Aro esa noche fría de 2010. Y me contó que al volver de
Malvinas, en ese viaje en el que intentaba "cerrar mi historia", tuvo
una sola certeza: "Si a mí me hubiese tocado quedar en las islas, yo no
tendría una tumba con mi nombre. Mi chapita identificatoria no estaba
grabada y había escrito mi nombre en un papelito que pegué con cinta
scotch. A los pocos días, obviamente, se había borrado".
El
veterano reveló que su madre, cuando supo de las tumbas anónimas, le
dijo sin titubear: "Yo te hubiese buscado hasta el fin de mis días". Y
en ese instante comprendió que no iba a descansar hasta poder ayudar a
las familias que buscaban a sus hijos, hermanos o padres caídos en la
guerra del Atlántico Sur.
La necesidad de encontrar esa respuesta
se le hizo carne. En 2008, Julio Aro creó la Fundación No me Olvides en
Mar del Plata, y viajó -junto a José Raschia y José Luis Capurro, ex
combatientes- a Londres para reunirse con veteranos ingleses de gran
experiencia en la post guerra.
El destino quiso que se cruzara
con el coronel Geoffrey Cardozo, que oficiaba de traductor ya que
hablaba perfecto español. En largas charlas sobre la guerra, Aro le
contó sobre esas tumbas que lo desvelaban. El día en que partían,
Cardozo se acercó con un sobre de papel madera, se los entregó y les
dijo: "Ustedes van a saber qué hacer con esto".
Los veteranos,
sorprendidos, encontraron documentos, planos, fotos, listas de soldados.
¿Qué eran esos papeles? En 1982 el Reino Unido le había encomendado a
Cardozo la difícil tarea de recoger los cuerpos de los campos de batalla
y darles honorífica sepultura en el cementerio. Y ahora él les
entregaba cada dato que había anotado y la forma en que los soldados
habían sido enterrados, para que ellos pudieran comenzar la búsqueda.
"Vamos
acompañar a las madres", le dije a Julio Aro aquella noche en el
garage. Como joven periodista me había tocado cubrir los 74 días de la
guerra en el sur, y Malvinas me había cambiado la vida. Por los que
fueron y no volvieron, por los que fueron y los trajeron escondidos al
continente, por las lágrimas de las familias de los caídos, por los
hijos que quedaron sin padres, por las madres que entregaron lo que más
amaban a la Patria, por la Argentina que dejó la sangre de sus hijos en
la turba húmeda y helada. Por todo eso ya nadie, en aquel lejano 1982,
volvió a ser el mismo después de la guerra.
Para comenzar esta
tarea había que armar un equipo de trabajo. La primera reunión fue con
Luis Fondebrider, presidente del Equipo Argentino de Antropología
Forense. Solo ellos, con su enorme experiencia y prestigio, podían decir
si las familias al final obtendrían la respuesta que tanto esperaban.
¿Se podía hacer el trabajo forense después de tantos años? ¿Estarían
conservados los cuerpos como para poder tomar una muestra y cotejarla
con el ADN? "Se puede", respondió Fondebrider. Y los antropólogos del
EAAF, con Carlos "Maco" Somigliana a la cabeza, apoyaron la causa sin
pausa y sin descanso.
El siguiente contacto fue con Sandra
Lefcovich de la Cruz Roja Internacional. Desde Brasil y desde Ginebra
nos asesoraron en los pasos a seguir. La CICR debía ser el árbitro entre
dos países en conflicto.
Días después llamé al coronel Cardozo a
Londres. Y relató en detalle sus conmovedoras vivencias en las islas:
"Desde 1983 siento una angustia en la boca del estómago por no haber
podido conocer el nombre de esos chicos, y la frustración que me produjo
haberme enterado que los padres desconocían con qué cuidado habíamos
tratado a sus hijos para darles una decente sepultura".
"Cuando
vi los primeros cuerpos quedé en shock. No podía creer que no tuvieran
la chapa identificatoria. Un soldado profesional nunca puede salir sin
su identificación colgada al cuello… Encontré que algunos jóvenes habían
pegado un papelito y escrito en tinta sus nombres, pero estaban
borroneados por la lluvia y el clima".
"Revisé cada cuerpo con
mucho cuidado, los bolsillos, las chaquetas, todo. Buscaba algo que me
permitiera identificarlo con certeza: había cartas 'a un soldado
argentino', rosarios, estampitas, golosinas, fósforos, alguna carta
personal borroneada que no me permitía determinar si era propia o la
había guardado para entregarla a un compañero, pero nada que me dejara
certificar quién era", siguió Cardozo.
"Cuidé y respeté cada
cuerpo. Los envolví primero en una sábana, como a Cristo, los metí en
una bolsa de plástico negra, y luego en una bolsa blanca de PVC, donde
anoté con tinta indeleble todos los detalles. Por último, cada soldado
fue depositado con respeto en un ataúd de madera. Y sobre el ataúd,
volví a anotar todos los datos. Buscaba que esos cuerpos pudieran
preservarse para una futura identificación", reveló acerca de la forma
en que habían sido enterrados. Este cuidado permitió que 35 años después
90 soldados hayan podido ser identificados.
Con el apoyo del
EAAF, la CICR y Cardozo, el camino parecía allanado. Sin embargo, llevar
adelante esta causa humanitaria no fue fácil. Durante años muchas
puertas se cerraron y otras ni siquiera se abrieron. Funcionarios,
importantes figuras de los derechos humanos, periodistas, políticos,
legisladores, celebridades, escucharon impávidos el ruego de las
familias y se limitaron a un "manden un mail con lo que quieren hacer" o
"no nos podemos meter con un tema que es político".
En 2011, un
encumbrado funcionario con despacho en la Casa Rosada, a solo pasos del
de Cristina Fernández de Kirchner, preguntó sorprendido:
-¿Y vos por qué querés la identificación, acaso tenés un muerto en Malvinas?
-Yo tengo 649 muertos, ¿usted no?, le respondí.
Otro
representante del gobierno kirchnerista se animó a un despropósito aún
mayor: "Para que yo le lleve esto a la Presidente me tenés que decir
cuánto va a costar; acá hay que hablar de plata".
En diciembre de
ese año, ya sin tener una puerta donde golpear, pensamos en que la
única posibilidad era llegar a una figura internacional: "Hay que darle
voz a estas madres".
Y surgió una idea que cambió el curso de
esta historia: en marzo de 2012 Roger Waters, líder de Pink Floyd,
llegaba al país con diez shows vendidos en el Monumental. Y otra vez el
destino jugó su carta: un amigo me dio el correo del gran músico inglés.
Pocos
días antes de la Navidad, envié un breve mail. El asunto: "Carta desde
Argentina". El pedido: "Hay 121 soldados no identificados. Como luchador
por los derechos humanos y movimientos antibélicos le pedimos que ayude
a estas madres de Malvinas que desde hace más de 30 años no tienen
dónde dejar una oración o una flor".
Dos días después, llegó la
respuesta: "¿Por qué no fueron identificados estos soldados? ¿Cuál es es
procedimiento? ¿Cuál es el impedimento? En la primera semana de enero
estará de regreso en Nueva York, y estaré ansioso esperando tu
respuesta". Al final puso una posdata: "No sé cómo conseguiste mi mail
personal, pero por favor no lo compartas".
En la primera semana
de enero, Roger Waters comenzó a trabajar por los soldados argentinos
muertos en Malvinas. Su compromiso fue absoluto. Reuniones con
embajadores británicos en cada país que visitó con su gira mundial,
contactos con la Cruz Roja Internacional, cartas a legisladores, y un
ofrecimiento: "Tengo una reunión con tu presidenta, decime qué necesitás
que le pida".
El 6 de marzo de 2012, el autor de The Wall se
reunió con Cristina Kirchner. Y allí le pidió por los soldados
argentinos no identificados. Le entregó, además, una tarjeta en la que
yo le había enviado agradeciéndole su compromiso con las madres de
Malvinas. Pero el inglés y la mala traducción no ayudaron mucho. Y la
confusión fue tal que Estela de Carlotto, al salir de la reunión,
declaró: "Waters le pidió a la presidenta por unos soldados ingleses
enterrados en Malvinas".
Días más tarde sonó mi teléfono. Era
Oscar Parrilli, secretario general de la presidencia en ese entonces.
"Roger Waters le dejó una tarjeta suya a la Presidente por un tema de
Malvinas. ¿Puede venir el 13 de marzo para explicarnos de qué se
trata?".
La reunión duró dos horas, también estuvo presente Julio
Alak, ministro de Justicia, y Parrilli dijo: "Si el 26 de marzo ustedes
traen 20 cartas de familiares que certifiquen que desean la
identificación de sus hijos, la Presidente puede considerar la causa".
Para
traer las cartas firmadas, había que buscar a las familias. Julio Aro
viajó a Corrientes y yo volé al Chaco. Visitamos en pequeños pueblos y
parajes perdidos, sin direcciones y sin datos -con la ayuda de David
Zambrino, veterano chaqueño y el fotógrafo Alejandro Carra-, 37 familias
de caídos en un fin de semana.
El 2 de abril, cuando se cumplían
30 años de la guerra, Cristina Fernández anunció en Ushuaia: "Quiero
decirles que el día viernes, en mi carácter de Presidenta de la
República, he dirigido una carta al titular de la Cruz Roja
Internacional para que tome las medidas pertinentes e interceda ante el
Reino Unido para poder identificar a los hombres argentinos y aun
ingleses que no han podido ser identificados, porque cada uno merece
tener su nombre en una lápida…, cada madre tiene el derecho inalienable,
como Antígona, de Sófocles, viene desde el fondo de la humanidad, del
fondo de la historia de enterrar a sus muertos, ponerle una placa y
llorar frente a esa placa".
Hubo emoción, llamados de teléfonos, y
la primera cita formal en el ministerio de Justicia. A la causa se
sumaron, ofreciendo su voz y su apoyo Cristina Pérez, Santo Biasatti,
Jorge de Luján Gutiérez, Daniel Hadad y Juan Carr. Era necesario sumar
voluntades, que la gente supiera del ruego de estas madres.
Mientras,
Roger Waters hizo un nuevo y sorprendente intento. Escribió una
emocionante carta a Sharon Halford, miembro de la Asamblea Legislativa
de las Malvinas y de gran influencia en la política isleña. La carta,
que nunca antes fue publicada, decía así:
"Estimada Señora Presidenta:
A
modo de preámbulo, y para presentarme, mi nombre es Roger Waters (ex
Pink Floyd) y he estado de gira por The Wall Show en todo el mundo
durante los últimos dos años. Recientemente realicé nueve shows en el
Estadio River Plate en Buenos Aires, Argentina. Me contactó allí una
periodista argentina, Gaby Cociffi, que representa a un grupo de mujeres
que se hacen llamar "Madres de Malvinas". Estas mujeres son las madres
de los 121 conscriptos argentinos no identificados enterrados en tumbas
sin nombre en el cementerio de Darwin en East Falkland. Me conmovió
mucho su difícil situación, que implica una doble pérdida. No solo
perdieron a sus hijos en la guerra, sino que además no tienen un lugar
específico para poner una flor o derramar una lágrima".
Y fue allí donde reveló por qué los soldados de Malvinas habían calado tan hondo en su corazón:
"Yo
mismo me encuentro en esos dos lugares. Mi abuelo, Sapper George Henry
Waters, 1890-1916, se encuentra en el cementerio británico de Maroeuil,
cerca de Arras, en el norte de Francia, y mi padre, segundo teniente
Eric Fletcher Waters, 1913-1944, aunque su cuerpo nunca se encontró, se
conmemora en la placa 5 del Allied Memorial en Monte Casino en el sur de
Italia. Si alguno de estos dos hombres, mis antepasados, hubiera yacido
en tumbas sin nombre, y hubiéramos tenido la tecnología para
identificar sus restos, creo que mi abuela y mi madre habrían sentido
una angustia indescriptible si sus cuerpos hubiesen languidecido sin
marcar en algún campo extranjero… Por eso cuando Gaby me pidió que
ayudara a impulsar una iniciativa para identificar a estos 121 muertos
argentinos, acepté".
La misiva cerró con un pedido conmovedor:
"A
la luz del reciente ruido de sables entre Londres y Buenos Aires, sería
algo hermoso para los isleños elevarse por encima del cuerpo a cuerpo y
tomar el terreno moral más elevado. Sé que este es un tema complejo, y
que mi comprensión del mismo puede ser incompleta, pero, al igual que mi
padre y mi abuelo antes que yo, también sé que casi siempre hay algo
correcto que hacer. Humildemente espero su respuesta".
En Buenos
Aires, el Ministerio de Justicia -con Juan Martín Mena como responsable-
se hizo cargo del expediente por la identificación. En la primera
reunión, donde también participaron funcionarios de la Cancillería, se
nos encargó que buscáramos a las familias: "No existe un registro de
deudos de Malvinas y faltan la mayoría de las direcciones. Hay que ir
provincia por provincia, ciudad por ciudad, pueblo por pueblo para
buscarlos". Así se hizo en diferentes viajes que implicaron noches en
lejanos pueblos, días enteros sin respuestas, vecinos solidarios y hasta
un maestro que ayudó a traducir el toba con madres de pueblos
originarios.
En la segunda etapa, se hicieron las extracciones de
sangre que permitieron crear el primer Banco de datos Genéticos de
Malvinas. El equipo que visitó nuevamente a los familiares estuvo
integrado por "Maco" Somigliana del EAAF, Natalio Etchegaray y Vanina
Capurro, escribano general de la Nación y escribana adjunta, quienes
certificaron las muestras, funcionarios del ministerio de Justicia,
encargados de hacer el cuestionario exigido por la CICR, y gente de
Acción Social. Con las muestras de 80 familias se elevó el expediente
para ser presentado al Reino Unido.
La beligerancia política de
CFK con Gran Bretaña no ayudó a que la causa avanzara. Tampoco las
internas y la falta de colaboración de algunos veteranos. Otra vez todo
pareció estancarse.
Ese año murieron dos madres esperando saber
dónde estaban sus hijos. Desesperados, con Julio Aro visitamos
funcionarios en el Reino Unido, nos entrevistamos con miembros de la
CICR y viajamos a Roma para pedir el apoyo del Papa.
Francisco
nos sorprendió: "Conozco su trabajo. Y toda madre merece tener una tumba
donde llevarle una flor a su hijo. Haré todo lo que esté a mi alcance
para ayudarlas. Dios en su infinita bondad no ha olvidado a sus hijos".
También hablamos con el obispo anglicano en Londres: buscábamos que el
Reino Unido no viera en las palabras de Francisco al "Papa malvinero" y
eso perjudicara la causa.
Pero la política jugó su carta más
dura. Un alto funcionario inglés disparó sin anestesia: "Mientras la
presidenta sea Cristina Fernández de Kirchner es muy difícil que la
causa avance. Su política de enfrentamiento no construye ni facilita
acuerdos".
Raquel Ugalde, mamá de Daniel, soldado caído en la
batalla final, rogó en una carta: "A los papás nos corre el tiempo, no
podemos seguir esperando. Pasaron 33 años desde que ellos partieron para
no regresar. En las islas dejaron su sangre y su vida. Y hoy nosotros
también dimos nuestra sangre para que ellos puedan ser identificados.
Por eso hoy, con tristeza pero aún con esperanza, les ruego a los
políticos argentinos e ingleses que tengan piedad y comprendan que los
papás no tenemos el tiempo que requiere la política, porque a nosotros
en esta cruzada por nuestros hijos se nos va la vida".
Tuvieron
que pasar dos años más para que finalmente se firmara -en septiembre de
2016- el acuerdo entre el Reino Unido y la Argentina. La canciller
Susana Malcorra y el ministro de Estado para Europa y las Américas de la
Secretaría de Relaciones Exteriores y Commonwealth británica, Sir Alan
Duncan, comprometieron a los gobiernos a apoyar el proceso de
identificación y la voluntad de las familias.
El 20 de junio de
2017, con una pequeña ceremonia religiosa, la CICR inició la exhumación
de los soldados enterrados sin nombre en el cementerio de Darwin.
Durante dos meses trabajaron en las 121 tumbas, y tomaron las muestras
que luego fueron cotejadas con las dadas por los familiares.
En
diciembre de ese año, el secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj,
recibió en Ginebra el informe final con los nombres de los caídos
identificados. Las familias -que tanto esperaron- finalmente supieron
dónde están sus hijos.
El lunes 26 de marzo, a las 10.50 de la
mañana en el cementerio de Darwin, mientras la Guardia Escocesa rinda
honores a nuestros héroes con el conmovedor sonido de sus gaitas, 90
familiares podrán por fin rezar, llorar o dejar una flor en la tumba de
sus seres queridos.
Elma Pelozo, mamá del soldado Gabino Ruiz
Díaz, de Colonia Pando, un paraje a 140 kilómetros de Corrientes,
sintetiza con emoción el sentimiento de muchas de las madres: "No quería
irme de este mundo sin saber dónde estaba mi hijo. Voy a ir a las islas
con las pocas fuerzas que tengo para rezar en su tumba y decirle:
'Hijo, yo nunca dejé de buscarte'. Que Cambacito tenga una cruz con su
nombre me va a devolver la paz que me quitó la guerra".
(Esta
nota -publicada originalmente el 4 de diciembre de 2017- se actualizó
con la nueva información sobre la causa por la identificación de los
soldados de Malvinas) (Infobae)
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