16-11-2018
"Educación, entre la memoria y la distancia"
Por Reynaldo Claudio Gómez (*) @gomezperio
No recuerdo momento de mayor felicidad que el de los últimos años de la escuela secundaria. Ni un sentimiento de libertad y entusiasmo político tan grande como el de los primeros años en la Universidad.

Es cierto que fuimos jóvenes alegres, pero despojados de toda responsabilidad social. Esa ausencia de compromiso hizo mella en nuestras conciencias un tiempo después. Es verdad también que no fuimos exclusivos responsables de aquella desventura: el tiempo era tan oscuro como las clases de Educación Cívica en las que una profesora apuraba argumentos en favor del voto calificado. Corría 1981.

Nadie hablaba de tortura, muerte o desaparecidos o, si alguien lo hacía, no integraba mi grupo de pertenencia. Es que aquel tiempo fue de silencio. "El silencio es salud", rezaba una calcomanía que se pegaba en el auto con la excusa de evitar que los automovilistas aturdieran con sus bocinas. Pero la sentencia contenía otros propósitos menos triviales. Era, sí, una advertencia, una amenaza.

Si algún compañero o compañera tenía un desaparecido cercano, familiar, amigo, vecino, no lo contaba. Guardaba ese secreto para sí. De esa forma, por un intenso terror a conversar con quien no convenía, callaba. Así se convertía en un ciudadano común, ajeno a los problemas que tenían los que "algo habrán hecho", de quienes no sabíamos, reitero, casi nada.

Y tanto forzaron nuestro silencio, que terminamos indiferentes, pasivos, vacíos. Éramos jóvenes, pero éramos los jóvenes de la generación posterior a la de los que estaban muriendo. Los padres colaboraban también con esa quietud. En las casas las sobremesas abundaban de telenovelas. Nada de política. Nada.

Nos habían formado estúpidos. Consumidores de zapatillas, jeans y remeras importadas. ¿Y el mercado interno? ¿Qué es el mercado interno?

La felicidad individual es una forma de la estupidez: representa el rostro de un autómata que ríe sin saber por qué y, lo peor, no sabe cómo compartir su zoncera. Ese autómata está solo. Es igual y diferente al soldado de Malvinas. Tiene la misma edad, los mismos gustos, baila al ritmo de la música disco (un estilo que más temprano que tarde será desplazado por el rock nacional en un estallido radial de artificios nacionalistas), pero no conoce su próximo destino. Viaja camino al horror que se impondrá ante sus ojos como un fantasma fastidioso. Es igual al otro, pero uno está obligado por la Ley a ser heroico, un héroe joven al que empujan las fastuosas donaciones que se ven por televisión y los vítores furibundos a un ebrio General. El otro está perdido, fijo ante la vidriera de la infamia.

La guerra termina. Hemos sido derrotados. Escondamos las esquirlas debajo de la tierra. Radio Colonia lo sabía.

Con la vuelta a la Democracia vuelve también un haz de luz. Se va imponiendo igual que se impone el albor sobre poética luz de la luna. En la Escuela de Periodismo discutimos hasta de lo que no sabemos; nacen revistas, se corre el censor telón de los cines y la literatura política abandona la clandestinidad a fuerza de sobrevivientes.

Lo demás, es conocido.

Ahora conversamos sobre el avance de la Educación a distancia en el marco del desarrollo de las veloces tecnologías digitales. Es una novedosa forma de comunicación a la que los "jóvenes de ayer" deberemos adaptarnos. Inexorablemente, la técnica parece marchar en ese sentido. Cabe preguntarse si esta nueva estrategia de Educación contribuirá a formar autómatas o a profundizar mecanismos de relaciones que para los chicos y los jóvenes hace rato reemplazaron a la tiza y el pizarrón.

No hay escena más antigua que la de la maestra al frente del grado o la división con el puntero en la mano, indicando en qué continente se encuentra Checoslovaquia. Checoslovaquia ya no existe. El muro de Berlín fue derruido, la Torres Gemelas, cayeron. Negar que el mundo que conocimos ya se esfuma no evita que sus cenizas se esparzan.

Pero es justo decir que la distancia siempre estuvo ahí: en el presente oscuro de la individualidad, en los fanatismos acríticos, en el espacio y en el tiempo. Para recordar hay que tomar distancia; el porvenir dirá si además de información, la distancia espacial también puede proveernos del conocimiento suficiente para cambiar el mundo.  

(*) Por Reynaldo Claudio Gómez, periodista, docente. Exclusivo para Cadena BA. 
10 de marzo de 2018.-