19-11-2017
"Agenda electoral y más allá: 'Progresistas somos todos'"
Por Carlos A. Sortino (*) @CarlosASortino 

Pareciera que la única discursividad política posible hoy es la discursividad política "progresista". Nadie da un paso al costado. Ni al izquierdo ni al derecho. Los que se atrevan, correrán el riesgo de caer al vacío. Así que la cuestión política central es cómo diferenciarnos los unos de los otros con tan estrecho margen de maniobra.

Entre inocentes y cínicas, las corrientes políticas discursivamente progresistas que aspiran a conducir el Estado, o que ya lo condujeron, conciben la distribución de la riqueza a la manera de un aumento del gasto público en las áreas socialmente más sensibles, como educación, justicia, seguridad, salud, acción social, aumento para el que se requiere una reestructuración tributaria según la cual sean los que más tienen quienes soporten una mayor carga impositiva, porque si los que más tienen se resignan a acumular un poco menos de riqueza, se podrá mantener sin conflicto la estratificación en clases de la sociedad, ya que el Estado podrá por fin atender con eficacia las necesidades de los que menos tienen, que de ese modo estarán agradecidos y lo seguirán sosteniendo en su lugar para que garantice el bienestar de pobres y ricos, que para eso está y no para subvertir el orden instituido pretendiendo desarticular la lógica del mercado, según cuyas reglas la libre competencia le asigna a cada cual lo que se merece y deja que la caridad cristiana o la asistencia social del Estado se ocupen de quienes merecen tan poco que no alcanzarían a consumir lo mínimo indispensable para mantenerse con vida.

Aquellas corrientes políticas discursivamente progresistas replican la libre competencia en el mercado electoral ofreciendo cada uno su garantía de suprema solvencia en la gestión de las políticas públicas, esto es, mayor eficiencia y menor corrupción, para lograr la necesaria confianza que motive a los que más tienen a dedicar más recursos para cumplir con aquella misión del Estado, esfuerzo que el Estado sabrá compensar con creces cada vez que compulse el mejor precio posible en el mercado de bienes y servicios para la provisión de medicamentos y alimentos a los sectores sociales menos afortunados, de recursos humanos y materiales para la obra pública, de los imprescindibles insumos para una administración de excelencia en educación, justicia y seguridad.

Ni pensarlo siquiera

El progresista jamás se atrevería a pensar, mucho menos a decir, que si producimos alimentos para 400 millones de personas, el Estado puede tomar la decisión de alimentar, sin costo, a la población cuyo ingreso no supere la "línea de pobreza", para que el hambre y sus efectos sociales se terminen en la República Argentina y que, para ello, sólo es necesario que el Estado se apropie del 5% de aquella producción, lo que no parece un daño considerable para la rentabilidad empresaria. 

Y no se atreve ni siquiera a pensarlo, porque intuye que si eso ocurre, lo dañoso para los políticos pro-sistema y sus socios empresarios es que se les podrían escurrir como agua entre los dedos el poder y el lucro, sus necesidades básicas por demás satisfechas.

Porque es altamente probable que un pueblo sin hambre no tenga que mendigar trabajo al precio de su esclavitud y, por lo tanto, pueda elevar inmediatamente a condiciones de dignidad y justicia el trabajo de todos.

 

Porque es altamente probable que un pueblo sin hambre aleje las enfermedades, con lo que rebajaría drásticamente el presupuesto en salud pública y, por lo tanto, lo transformaría en un servicio por demás eficiente. 

 

Porque es altamente probable que un pueblo sin hambre corte todo riesgo de conflicto social, con lo que reduciría notablemente el presupuesto en seguridad y justicia y, por lo tanto, los transformaría en servicios democráticos y populares. 

 

Porque es altamente probable que un pueblo sin hambre disminuya marcadamente el presupuesto en acción social y, por lo tanto, pueda derivar ese dinero, sumado con los ahorros anteriores, al presupuesto en educación y ciencia, multiplicándolo para transformarlo en el fundamento de un país libre.

 

Porque es altamente probable que un pueblo sin hambre pueda pensar, pueda dialogar, pueda reflexionar, pueda organizarse para la producción económica, pero también para la producción simbólica y para la acción política. 

 

Porque es altamente probable que un pueblo sin hambre sepa gobernarse a sí mismo y llegue a la conclusión de que no es posible alterar la distribución de la riqueza sin alterar su modo de producción.

La nada misma

El progresista sigue aferrado a la lógica del derrame, sea en su versión liberal, sea en su versión desarrollista, porque sigue asignándole al mercado, regulado o desregulado, la natural función de ordenar y conducir la asignación de recursos.

La moralética progresista, indica que no tiene la menor importancia si es el estado o es el Mercado quien "maneja" tal o cual actividad económica: la cuestión central es que, sea quien fuere, la "maneje bien". Como si hubiera una sola manera de hacer las cosas "bien", como si no existieran los conflictos de intereses y actores que se benefician o se perjudican según quién los "maneje".

El progresista es tan sólo un idealista sin bases sólidas de sustentación en la práctica política, un sostenedor de valores abstractos que hacen confortable su impotencia, al tiempo que procuran contener a las masas marcándoles a fuego los límites de lo correcto.

Serás progresista o no serás nada. O mejor aún: serás progresista para no ser nada. Ese es el camino que eligen para llegar, sin asustar a nadie, a la mayoría de la población que vota, dado que estos "progresistas" sostienen que esa (su propia aspiración) es la aspiración dominante de la ciudadanía: no ser nada, es decir, ser tan sólo "progresista". 

(*)  Carlos Sortino exclusivo para Cadena BA. 6/10/2017

Periodista, ex docente de la UNLP. Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA)




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