16-12-2017
"Lo que deberíamos aprender en las escuelas"
Por Susana Decibe (*) 
En algún momento nos perdimos parte de la película. Un día amanecieron muchos colegios de la Ciudad de Buenos Aires tomados, en contra de una política que dispuso la formación laboral de todos los alumnos del nivel secundario en empresas y demás entornos de trabajo real.

Sin intención de evaluar esa decisión, dado que desconozco en qué marco de políticas se da, convengamos que a pesar del atractivo que pudiera significar para los jóvenes, la medida es de pronóstico reservado a la luz de la experiencia que a lo largo de la historia han tenido nuestras escuelas técnicas. En su gran mayoría, carecen de esa posibilidad porque las supuestas empresas dispuestas a abrir sus puertas a pasantías formativas no son tantas.

Por eso, frente a este conflicto, -mezcla de oportunismo político electoral y pensamiento crítico-, que ha logrado una escalada increíble montada en una ilusión, propongo que volvamos al punto inicial y pensemos primero en alternativas de aprendizaje para los jóvenes dentro de la escuela que realmente mejoren su formación. Por ejemplo, comencemos por evaluar con qué fortalezas cuenta cada una para tener más éxito en la enseñanza: perfil de sus docentes, prácticas pedagógicas y entorno educativo. Veamos qué clima de cooperación, respeto, amor a la ciencia y a la búsqueda de la verdad existe en su interior para facilitar un ambiente adecuado.

Registremos cuánto se podría innovar en el uso de los tiempos, articular las diferentes disciplinas escolares y el trabajo de los docentes partiendo de la complejidad del objeto de estudio, qué actividades podrían hacerse con cursos no graduados (multiedad), cómo incorporar los problemas del entorno, de la vida en común, para estudiarlos de manera sistémica.

Luego sí, cada escuela, de acuerdo a sus fortalezas, a sus intereses de aprendizaje y a su disposición para hacerlo, podría gestionar vínculos con empresas, otras instituciones públicas u organizaciones de la sociedad para realizar prácticas educativas que complementen la tarea escolar. Y en ese caso, el Estado debiera facilitar la disponibilidad y apertura de aquellas instituciones.

He visto en Dinamarca y en Colombia, por mencionar solamente dos países disímiles si los hay, un aprendizaje laboral sorprendente que hacen los alumnos en su propia escuela. La comisión de alumnos, que representa los intereses de estos y que son elegidos democráticamente, está a cargo de actividades de gestión de su misma escuela, articuladas con las autoridades, que involucra a grandes grupos según la actividad, por ejemplo: asumir el ceremonial de la escuela para atender visitas especiales, organizar prácticas educativas fuera de la misma, viajes de estudio, actividades científicas o recreativas y lo más sorprendente, (Dinamarca), algunas estaban a cargo de la limpieza de la escuela, recibiendo el importe que la institución pagaba a la empresa encargada de ese servicio, con la restricción de que ese dinero fuera invertido en actividades educativas. El clima que se percibía en ellas era de responsabilidad, amor por la institución, estudio y creatividad.

Frente a estas nuestras nuevas batallas de la nada pensaba, ¿por qué nos es tan difícil hacer lo obvio?

La escuela sigue siendo la clave para nuestro reencuentro, para dejar que el amor por el conocimiento y por la verdad nos ayude a iluminar una vida social más sana. ¿Cuándo podremos comenzar?

(*)Ex Ministra de Educación de la Nación durante el gobierno de Carlos Menem.

Nota publicada en la sección "Debate" del Diario "clarín" el 20 de septiembre de 2017.



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