21-06-2018
“Entre 'lo viejo' y 'lo nuevo', la Cuestión Grupuscular”
Por Carlos A. Sortino (*) @CarlosASortino 

En Argentina, las organizaciones políticas se están reconfigurando muy lentamente. Lo viejo no termina de morir, lo nuevo no termina de nacer. Aquello que conocimos como "partido político" es hoy un simple sello que permite participar en elecciones y nada más. Los constituyentes del ´94 acaso intuían que el final estaba próximo y por eso, en un lógico reflejo conservador, le dieron al partido jerarquía constitucional, otorgándole el monopolio de la acción política.

 

Al mismo tiempo, se cumplían cien años de la fundación de los primeros partidos políticos modernos vernáculos, la Unión Cívica Radical (1891) y el Partido Socialista (1896), y comenzaban a emerger los "grupúsculos", que, paradójicamente, adquirían, pero sólo como expectativa, el ropaje del Partido Autonomista Nacional, una formación política previa a aquella parición, que estableció, de hecho, un régimen de partido único que gobernó entre 1880 y 1916. Las situaciones terminales guardan un parecido de familia con su situación original.

 

No sabemos cómo ni en qué se transformarán los partidos políticos. Sólo sabemos que es una especie en extinción y que hay una "emergencia grupuscular" ocupando el espacio que deja disponible. También sabemos que es nuestra obligación reflexionar sobre este asunto y actuar en consecuencia, sin romanticismos ni moralinas que pongan "palos en la rueda" de la historia.

 

Emergencias

 

Los grupúsculos paridos en la última década del siglo 20 y hoy en plena etapa de desarrollo, constituyen la emergencia (aún cuando mantengan su nombre histórico) de organizaciones políticas pequeñas en cantidad de personas que intercambian ideas, experiencias y proyectos para tomar decisiones. No importa si tienen sello partidario o no lo tienen. Los grupúsculos son grupúsculos, con sello o sin sello.

 

Y el término "grupúsculo" no es despectivo, sino llanamente descriptivo: refiere a la conformación cuantitativa de la organización política, independientemente de su desempeño electoral y de la cantidad de plazas, clubes y/o estadios que pueda (o no) colmar de gente.

 

Estos grupúsculos vienen a ocupar el lugar de los "partidos de masas", como se los llamó en otros tiempos y hoy casi extinguidos, pero son algo parecido a los que otrora se llamaban "partidos de cuadros". La diferencia es que hoy cada grupúsculo supone ser la representación concentrada de las necesidades y expectativas de una porción del pueblo, con la táctica electoral como único horizonte, mientras que aquellos pretendían "contagiar" al pueblo de un proyecto político-ideológico.

 

Derivas

 

El grupúsculo político puede transformarse en una secta que sólo se abre a otros grupúsculos si estos se diluyen en ella y aceptan su conducción, aunque sólo en tiempos electorales. Por ahora, esta es la impronta dominante. Porque sienten (con razón) que la hegemonía está en disputa y prevalece el miedo, ese miedo que siembra cobardía. Y los cobardes no luchan por la reconquista. Luchan por mantener su miserable condición de aspirantes a un lugarcito en la orga. Luchan por no exponerse a la herida de reconocer su limitación ideológica. Por eso se abroquelan y excluyen a todos los extraños. Por eso se vuelven paranoicos y alientan la caza de brujas. 

 

Pero la emergencia grupuscular también puede ser caldo de cultivo de una reunión de grupúsculos que se transformen en una organización política, sin que ninguno pierda su identidad ni su autonomía, para lo cual cada uno de ellos debe fortalecerse previamente, siempre y cuando lo haga desde la certeza de que el grupúsculo que no se siente grupúsculo y se cree vanguardia, no es otra cosa más que una patrulla perdida.

 

Transiciones

 

En este contexto de transición neblinosa, lo más lógico es que también la cuestión del liderazgo individual, no sin dar una dura batalla de supervivencia, por supuesto, caiga en franco retroceso hacia una conducción estratégica colectiva. Y aunque es un camino que recién se inicia, es un esfuerzo ideológico, una fragua cultural, que debemos alentar.

 

En sus orígenes, la fragua bicentenaria, la triunfadora, la que hoy es hegemónica, también fue una transición neblinosa. Y, sin embargo, resultó ser lo que es: el personalismo no se diluye, lo colectivo no se materializa. Porque estas son las características dominantes de nuestra cultura, de nuestro sentido común: el individualismo y la exclusión, aun en movimientos populares, nacionales, democráticos. Es la fragua bicentenaria.

 

Pensemos por un momento en las varias apelaciones al "empoderamiento" y en proposiciones tales como "va a pasar lo que ustedes quieran que pase" o "cada uno de ustedes es dirigente de sí mismo". Cristina Fernández materializa estas aparentes abstracciones afirmando que los liderazgos en el mundo ya no son individuales, como lo eran hasta el siglo XX, sino "sistémicos", es decir, colectivos.

 

No sabemos (ni nos importa) si este esfuerzo ideológico es sincero, si pretende transformar o no una lógica de construcción obsoleta, o si sólo "es la política, pavotes". Sus palabras no parecen cuajar en su propia organización, pero tampoco eso nos importa, ni nos importa que sean pocos los que quieran superar su atraso político cultural e insistan en cobijarse bajo sus polleras. Eso es impotencia política.

 

Una sola cosa nos importa: lo que se escribe o se dice públicamente puede pensarse, puede expresarse, presentarse al pueblo. Es decir: están dadas las condiciones de recepción. Eso es lo que importa. 

Trascendencias

En esta transición neblinosa, lo que se debe trascender, a nuestro juicio, es una lectura en clave liberal, esa filosofía que nos impregna a todas y a todos y que reduce lo político a lo electoral, es decir, a un agregado, a una suma, de voluntades individuales que luego del escrutinio se transformará en la voluntad general, en la soberanía popular, así, lisa y llanamente. Es la traducción política del liberalismo económico.

Trascender esta filosofía, que, insisto, nos impregna a todas y a todos, significa reconocer que la democracia tiene un significado mucho más profundo que la mera representación política, que sólo puede ser comprendida hoy como un sistema de principios y prácticas de designación de autoridades ejecutivas y legislativas, como una delegación del poder y la responsabilidad del pueblo en unos cuantos representantes.

La soberanía popular no puede reducirse a la "dimensión delegativa" que le marca nuestro orden constitucional (ver nuestro artículo "Nadie está pensando en la inclusión política"). Porque sólo hay democracia en tanto y en cuanto haya desmonopolización del poder político, en tanto y en cuanto haya una distribución igualitaria del acceso a los medios de participación política.

De lo contrario, seguiremos insistiendo con la cantinela de que "a la gente no le interesa lo político", como si fuera su culpa, como si no existiera una manifiesta desigualdad en el reparto de posibilidades de interesarse en lo político, como si la participación política sólo significara asistir a reuniones y hacer sentir nuestra voz, salir a la calle a manifestarnos, votar en elecciones, militar en un partido político y no, además de todo eso, promover la intervención popular en el planteo, discusión, decisión y control de ejecución de las políticas públicas.

Y es, precisamente porque estamos todas y todos impregnados de aquella filosofía liberal que "la gente" no le pide a las organizaciones políticas que se le acercan condiciones de participación, sino, simplemente, que le resuelva sus problemas. Esta es la base del clientelismo, al que tanto se estigmatiza y poco y nada se intenta superar.

(*)  Carlos Sortino exclusivo para Cadena BA. 21/09/2017

Periodista, ex docente de la UNLP. Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA)