21-10-2021
Santiago Maldonado | “Cambiemos: uso y abuso de las 'fuerzas ficticias'”
Por Virginia Gómez  @mavirginiagomez

El escritor argentino Ricardo Piglia, en sus clases y ensayos, trató varias veces la relación entre literatura y política. Un apasionante tema para abordar reflexionando sobre el teatro de operaciones montado por el Gobierno, ante la crisis política abierta con la desaparición forzada de Santiago Maldonado.

El joven desapareció el primero de agosto, en el marco del accionar represivo de la Gendarmería contra la comunidad mapuche, que defendía sus tierras frente al gigante terrateniente extranjero Benetton.

Desde un primer momento, el Gobierno, con la Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, como vocera, construyó una "narración pública" acorde a apuntar a la víctima, su causa y entorno, desligándose de la responsabilidad estatal.

Pero la narradora incurrió en cuantiosos errores en su relato, carente de toda veracidad, que fueron cayendo uno a uno ante la fuerza de los hechos. Sus coartadas, para proteger a la Gendarmería y al jefe de gabinete de su Ministerio, Nocetti, eran propias de un personaje novelesco, donde el mismo se ve abrumado por la paranoia.

Bullrich perdió momentaneamente su puesto como narradora pública, y el Gobierno entonces dejó esa tarea a los analistas políticos de los principales medios de comunicación que empezaron a darle letra. Pero los escribas de la crisis, incurrieron en los mismos y graves errores de los autores intelectuales del Estado, porque no constituyeron un relato alternativo, sino que utilizaron los mismos recursos literarios.

La narración pública fue copada por lo que el escritor francés, Paul Valéry, llamaba "las fuerzas ficticias". Emborrachados, como el Gobierno, por una victoria (táctica) electoral del oficialismo, también ellos crearon personajes pintorescos, hazañosos, que trastocaron incluso las lineas del tiempo. Aparecieron los anarquistas de fines de siglo XIX, los guerrilleros de la década del '70, la supuesta violencia política del siglo XX y los terroristas del XXI. Quienes pretendían hacer uso del monopolio de la palabra, quisieron esconder quién tiene, en verdad, el monopolio de la violencia física para defender determinados y minoritarios intereses extranjeros, como los de Benetton.

Apelando a la máquina del tiempo que tiraba puro humo, todos estos vistozos personajes se hicieron presentes, incluso, en la movilización del viernes pasado, para ocultar de la mano de la pluma de los narradores, el protagonismo de la masividad y el reclamo que decía: "Fuera Bullrich"..

El monopolio de la violencia, y de la palabra

Piglia consideraba que el Estado es quien concentra la "narración pública", quien tiene el monopolio de la violencia, y el de la palabra. Por eso, es que el gobierno atacó rápidamente a los docentes que se erigían como los narradores populares desde las aulas. No sólo porque los sindicatos docentes son leídos, en su reduccionismo, como cónclaves kirchneristas, sino porque también tienen el poder de disputar la narración pública, de anticipar el final del relato.

El gran narrador, el Estado, al decir de Piglia, es el constructor de las ficciones. Pero para esa tarea, el Gobierno necesitaba de narradores, y al actuar defensivamente, en una crisis política con carácter estatal, más recurrió al recurso literario de apelar a las fuerzas ficticias.

Valéry consideraba que "la era del orden es el imperio de la ficción" y en la traducción de los lenguajes literarios, Piglia sostenía que esa cita era traducible a la definición de "hegemonía" de Antonio Gramsci: el Estado es cohersión y consenso. Es realidad y ficción.

¿Cuándo recurre el Gobierno a las "fuerzas ficticias"?

Repasando, en toda la novela estatal, hay narración pública. Cuando no hay hegemonía y hay debilidad estratégica del grupo que comanda el Estado, como es en caso de Cambiemos, que es una coalición de gobierno que se reduce a la primera minoría nacional que no está asentada, no puede, en medio de la crisis, apelar sólo a la cohersión. La desaparición de Maldonado no impuso el terror ni a los mapuches, ni a su familia, y rápidamente se apoyó su causa en el "sentido común" nacional donde los derechos humanos se consideran intocables. Llenar de fuerzas ficticias ese hecho era, tal vez, la novela más dificil de escribir. Lo que demuestra que el Gobierno carece de hegemonía es que no puede presentar la realidad como ficción, y hacerla creible por fuera de su propia base social. La fuerza de los hechos, los testimonios, en medio de una campaña en ascenso que preguntaba masivamente dónde está Santiago, dilapidó a las fuerzas ficticias, y con ellas a la débil legitimidad de la Ministra y la baja credibilidad del Gobierno. 

El primer descenlace apareció en escena cuando en una movilización masiva en todo el país, que pidió la aparición con vida de Santiago y la renuncia de la primera narradora pública de esta crisis, dió confianza a uno de los testigos, que vió cómo la Gendarmería se llevaba a Santiago. Se presentó el día martes y declaró. La realidad derrotó a la ficción en esta batalla, destruyó el discurso del gran narrador, y le abrió una crisis política superior al Gobierno, con final abierto, con carácter estatal.

La explicación está en el origen

El primer error del Gobierno fue montarse sobre un triunfo táctico electoral, como si el mismo hubiese sido estratégico. En la teoría de la guerra este sólo se alcanza cuando se doblega la voluntad de su enemigo. Nada más lejos de la realidad.

Este error, propio de los gobiernos de improvisados, los llevó primero a actuar con audacia frente a la movilización de la CGT, y decidió a posteriori la salida de dos de sus funcionarios, que ocupaban áreas claves. Lo pudo hacer porque las dirigencias tradicionales no gozan de ningún tipo de legitimidad frente a sus subordinados. Ahora, en medio de la crisis, negocia desesperado con las centrales sindicales y las organizaciones sociales, para dejar de sumarse dolores de cabeza.

Pero, de igual modo, pretendieron actuar frente a una crisis política, de magnitud, abierta con la desaparición de Santiago. Por querer encubrir el rol de la Gendarmería y de Nocetti, escribieron: "el pez por la boca muere".

Ni las campañas sucias del Gobierno ni de los medios oficialista, pudieron impedir el enorme pronunciamiento que apuntó directamente a una figura clave del poder estatal: Patricia Bullrich.

La batalla estaba perdida, quedaba disputar el balance de la misma. El Gobierno sabía que la movilización que se desarrollaría a la vera de la Casa Rosada. Entonces comenzó el operativo Rati Horror Show de los servicios de inteligencia.

Al finalizar la marcha, y con todos los canales transmitiendo en vivo, apareció un supuesto grupo de anarquistas radicalizados. Hasta dos horas después, la Policía Federal (y personal de civil), apresaron en una verdadera cacería a 31 personas. Tan ridículo fue el show, que labraron actas de detención con intersección de calles y horario que no coincide con el registro fílmico de los medios, ni con los tickets de la pizzeria donde los después detenidos cenaban con sus familias.

Pero bastó con la declaración de los testigos ante el juez, para que en la novela estatal, la realidad abordara a la ficción y destruyera el relato.

Haciendo una anología en cómo explicaba Ricargo Piglia, la relación entre realidad, ficción y narración pública en el gobierno de Menem, podríamos parafrasearlo diciendo que: en la novela estatal de Cambiemos, el sujeto de esa narración es un héroe trágico destinado a ser liquidado por el relato que él mismo propone, siempre y cuando los narradores populares tomen la palabra y repitan: "¿Dónde está Santiago Maldonado? No queremos otro Jorge Julio López".  

Virginia Gómez. Exclusivo para Cadena BA. 8/09/2017

Licenciada en Ciencia Política (UBA). Docente. Staff de "La Izquierda Diario"