26-06-2019
Derecho y sociología
Estudiantes en un colectivo que derriba muros

Trabajan en las cárceles para construir espacios de conocimiento.

Cuenta la leyenda que los atrapasueños, esos objetos que suelen verse colgados en habitaciones, protegen el buen descanso: la red contenida en su rama circular retiene las pesadillas, y sólo pueden filtrarse las sensaciones agradables. Pero si hay algo que carece de todo límite es la imaginación humana, por eso los sueños están en todos lados: los hay en libertad y los hay en el encierro. Atrapamuros es un grupo de estudiantes universitarios que, realizando tareas en unidades penales, trabaja para conocer aquellos sueños que han quedado cercados.

Embarcados en esa tarea, un grupo formado por más de 25 alumnos de Derecho y Sociología de la UNLP se inmiscuye, semana a semana, entre personas privadas de la libertad para brindar talleres de literatura, música, historia, filosofía y sociología en las unidades 9, 1, 33, 18, 12 y 45.

"Estamos en la alta escuela que en teoría es a lo que debés apuntar. Pero creemos que el saber universitario es un tipo de conocimiento específico, que es válido tanto como el que tiene una persona que nunca fue a una escuela secundaria", relató a Diagonales Melina Capucho, estudiante de sociología.

El colectivo universitario, que propone desempolvar el saber académico, piensa a la educación popular como una herramienta de intervención pedagógica, pero también como un espacio a construir, cuya principal característica es la horizontalidad. La idea del "igual a igual" orienta tanto las relaciones que Atrapamuros mantiene con los privados de la libertad, como los vínculos que se trazan dentro del colectivo. Es por eso, que las formas de trabajo al interior del grupo son en asambleas y plenarios, que tienen lugar en las aulas de la facultad.

Los talleres de educación popular están enmarcados en un proyecto de extensión universitaria, aunque según señalan sus integrantes, se trata más bien de una cuestión formal porque "Atrapamuros excede la cuestión extensionista".

"Queremos instalar la discusión de que la universidad tiene alumnos en las cárceles y no se está haciendo cargo de eso. Nos estamos haciendo cargo nosotros y ni siquiera del todo, porque trabajamos con tres materias de dos carreras, y los chicos necesitan mucho más que eso".

 

Talleres. Las herramientas con las que se trabajan en los cursos, son tan variadas como las edades de los alumnos. "Para laburar usamos desde fotocopias de los programas de sociología e historia hasta plastilina, películas y música. Como lleva un esfuerzo de creación bastante importante, tratamos de sistematizar todas las herramientas que aplicamos y funcionaron", comentó Belén.

Es muy amplio el abanico de posibilidades por las que un taller puede no funcionar, porque "la cárcel es un contexto en el que todo el tiempo pasan cosas". Además es un espacio en el que "hay que posicionarse, sobre todo porque somos un grupo que no va a hacer ni caridad ni asistencialismo. Tenemos un interés político de construir espacios de decisión, de conocimiento", y es una propuesta que a veces encuentra resistencia.

Si bien los talleres comenzaron a dictarse hace más de ocho años, las dificultades para el ingreso a los penales continúan y con frecuencia los alumnos se encuentran con algún pretexto que les entorpece el acceso. La imposibilidad horaria, la falta de espacios propicios, o cuestiones burocráticas son las razones más frecuentes por las que los talleristas no pueden llevar adelante sus tareas. Pero los jóvenes conocen muy bien los mecanismos de desgaste, que son también extensivos a otros grupos que trabajan en contextos de encierro -inclusive a los familiares de personas detenidas- y persisten, para derribar los muros que a otros atrapan.

(Fuente: Diagonales)