25-06-2017
"Reflexiones de Pascua"
Por Alberto Lettieri (Historiador) @albertolettieri
Hace poco más de dos mil cien años, un joven nacido en Jerusalem, sin más armas que su palabra y su ejemplo, predicó la paz y la reconciliación entre los hombres. Su mensaje no pasó desapercibido para quienes lo rodeaban y fueron testigos de su obra, ni tampoco para los poderosos de entonces, que rápidamente advirtieron que ese ejemplo, esa doctrina y esos medios componían la estrategia más letal para destruir la arquitectura sobre la que se había construido pacientemente, y a lo largo de los siglos, la dominación de las mayorías sobre la injusticia y la desigualdad. 

Este Profeta que voluntariamente decidió renunciar a toda riqueza y a toda pretensión egoísta -fundamentos que han permitido sembrar la discordia desde que los seres humanos nos esparcimos sobre el planeta-, tuvo en claro desde un principio su destino, y lo aceptó como tal en su doble condición humana y de hijo de Dios. Pero no alcanzaba con ejecutarlo. Antes era necesario desacreditarlo, para su ejemplo y sus enseñanzas fueran borradas para siempre de la faz de la tierra. Ninguno de los recursos con que el poder contaba por entonces fue desestimado. Se lanzó una campaña de desprestigio, se montó la farsa de un juicio y, finalmente, para que su sacrificio tuviera carácter ejemplificador, se lo sometió a un largo y doloroso Vía Crucis, en el que muchos de los que habían sido beneficiados con su prédica y su obra lo agredieron, lo negaron y lo insultaron, para congraciarse con el poder establecido de la época. 

Pero el joven palestino que había despreciado la muerte, tres días después resucitó y le impuso una contundente derrota. No por afán de revancha personal, ni por voluntad de aferrarse a la vida terrenal, sino para que esa acción sirviera como ejemplo para que los humildes, los pobres, los enfermos, los marginados, es decir, las víctimas de cualquier sistema basado en la injusticia, tuvieran en claro que sólo hay un arma en manos de los débiles para tratar de sobrevivir y modificar su maltrecha condición: la fe. Esa fe que mueve montañas, y que invalida los recursos, aun los más letales, a los que pueda recurrirse para destruirla.

Así Jesucristo se convirtió en mártir, pero también en bandera de lucha contra las desigualdades y la explotación social, y su ejemplo trascendió la geografía local para extenderse a Occidente y de allí al resto del planeta. Con lucha y con paciencia, superando las persecusiones, las difamaciones y los crímenes, el cristianismo conquistar al Imperio Romano, el más poderoso del planeta por entonces, que, incapaz de destruirlo, terminó rindiéndose a sus pies. La historia subsiguiente nos habla de la fundación de una Ecclesia universal, de las contradicciones y disputas que en su propio seno se generaron, de las disidencias sobre el lujo, la pobreza y el poder que enfrentaron a sus órdenes.  Sin embargo, por encima y más allá de todo eso, el ejemplo del humilde palestino siguió vivo, alimentando las esperanzas de los débiles, dando paz y sosiego incluso a quienes diseñaron un proyecto de vida en confrontación con sus enseñanzas. 

Jesucristo no alentó la lucha de clases ni justificó la violencia para construir el poder social,  ni siquiera para resistirse a la dominación o a la negación de la fé. Constituyó al amor en paradigma, predicó la reconciliación y la armonía de la comunidad. Alentó la construcción de un mundo donde todxs pudiéramos vivir con dignidad, despojándonos de lo banal, de lo material. 

Del estado actual de nuestro planeta y de nuestra propia sociedad, nuestra aldea, muchos podrán concluir rápidamente en la inutilidad de su sacrificio. Otros, en cambio, sólo vemos en su ejemplo la demostración más concreta de la victoria de la vida por sobre la muerte y sus publicistas, sus escuderos y sus gestores. 

Escribo esto en este domingo de Pascuas, un domingo triste y gris, con un planeta alterado y en riesgo por las irracionales acciones humanas, y con nuestra querida Argentina dividida por una grieta que muchxs, con buenas intenciones o contra ellas, insisten en cultivar.  ¿Hasta cuándo seguiremos con esta lógica perversa? ¿Cuándo comprenderemos que se trata de una clave suicida, que nos condena a explicar constantemente las razones de nuestro fracaso en lugar de propiciar las condiciones para discutir los fundamentos de un nuevo proyecto de Nación, orientado al bien común y que nos incluya efectivamente a todxs? 

En esta celebración de Pascuas, tal vez como nunca antes, han circulado los mensajes, los videos y los deseos de reconciliación. Una reconciliación a la que las grandes mayorías aspiran, agobiadas por la grieta que nos enfrenta y por las consecuencias que esa división ha tenido sobre casi todos, en particular, sobre los más débiles. Ha separado a amigos, a padres de hijos, a hermanas de hermanos, y sólo ha esparcido la desigualdad y la pobreza sin solución de continuidad. 

Hago votos para que el ejemplo de reconciliación y de paz que nos brindó aquel joven palestino a costas de su vida y de su sufrimiento, hace ya más de dos mil cien años, hoy ilumine a las dirigencias, más allá de su pertenencia partidaria o corporativa, más allá de sus propios intereses individuales o grupales, y les permita ponerse a la altura de las expectativas y las necesidades populares. Sin recurrir a las consabidad auto -justificaciones basadas en la descalificación del otro, sino únicamente tomando ejemplos del pasado y atendiendo a las urgencias del presente, para encaminarnos por fin, y definitivamente, en el sendero de un futuro compartido más pródigo. 

Alberto Lettieri exclusivo para Cadena BA. 16/04/2017

Doctor en Historia, Ex Director Académico del disuelto Instituto de Revisionismo historico Manuel Dorrego, Prof. Tit. UBA, Investigador Conicet, Escritor. 











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