24-04-2017
"Lo que el paro nos dejó"
Por Alberto Lettieri (Historiador) @albertolettieri

El 6 de abril la CGT concretó finalmente su primer paro general contra las políticas económicas del Gobierno liderado por Mauricio Macri. El acatamiento fue de más del 90 %, lo cual nos habla del respaldo contundente que mereció la medida, que en este sentido significó un verdadero plebiscito sobre el curso de acción impulsado por Cambiemos. Paradójicamente, a pesar de la censura casi unánime de los trabajadores y los pequeños y medianos empresarios argentinos, nadie espera un cambio de rumbo en la orientación de las políticas públicas en el corto plazo. Varios factores permiten explicarlo. Por un lado, la fragmentación del universo sindical impide capitalizar en resultados concretos esas expresiones de desacuerdo mayoritario, como ya ocurrió, por ejemplo, con el tratamiento legislativo del impuesto a las ganancias a fines del año pasado. Por otro lado, la administración de Mauricio Macri, pese a su significativa caída en las encuestas, sobre todo en el Conurbano bonaerense, mantiene públicamente su fortaleza y disposición a seguir avanzando por el camino emprendido, oponiendo a la evidencia de las movilizaciones y medidas de fuerza que colman el espacio público un cerrado discurso programático y voluntarista, reñido con lo que expresa la mayoría de los indicadores económicos y sociales, una sólida cobertura mediática, de la que ha hecho gala desde el inicio de su gestión, con mínimas excepciones.

Si enfocamos la cuestión por el lado de las organizaciones sindicales, queda en claro que no les resultará fácil reponerse del impacto que descargó sobre ellas la administración de Cristina Fernández de Kirchner, que apostó a pulverizar la unidad sindical para así disponer de autonomía suficiente como para imponer sus políticas con mínima oposición, al tiempo que proscribía al tradicional tercio sindical del peronismo en los escaños legislativos. En este aspecto resulta muy adecuado de hablar de una "pesada herencia" que afecta sensiblemente los intereses de los trabajadores al privarlos de una organización sindical unificada y efectiva. Por esta razón, pese a la "contundencia" con que calificó al paro, el Triunvirato de la CGT no estuvo en condiciones de anunciar nuevas medidas de acción, o sugerir siquiera la existencia de un plan de lucha. Muchos sindicalistas y políticos que no participan de ese espacio consideran que la conducción tripartita de la Central Obrera consideraba a la medida de fuerza como un punto de llegada, arrancado por el clamor popular, antes que un punto de partida de una acción opositora más sistemática.

Llamativamente dos de los sectores más críticos respecto de la conducción de la CGT y su pretendida acción dilatoria -el cristinismo y la izquierda- tienen manifiesta responsabilidad en la situación actual que atraviesa el movimiento obrero y el reclamo de cambios. Por el lado del cristinismo, nadie en su sano juicio puede dudar de su responsabilidad en el proceso de fractura interno ya mencionado. Por el lado de la izquierda, sus acciones provocativas en el espacio público -que, por ejemplo el pasado jueves sirvieron como disparador de una condenable represión de la Gendarmería-, han tenido como consecuencia el traslado del eje de la información de la censura mayoritaria a las políticas de Gobierno a la confrontación en la Panamericana. El objetivo de estos pequeños sectores estaba así logrado: el sobredimensionamiento de su escaso protagonismo gracias a la generosa difusión otorgada por el conjunto de la prensa. Disimulándose, naturalmente, que el interés de esta dirigencia internacionalista poco tiene que ver con la situación y las expectativas de las mayorías argentinas.

Ya se ha señalado varias veces en esta columna: las diferencias internas que atomizan al movimiento obrero organizado no se expresa únicamente en la multiplicación de las centrales sindicales, sino también en las graves tensiones existentes al interior de la CGT. Es por esta razón, justamente, que el Triunvirato rector encuentra tantos impedimentos para ponerse a la cabeza de las demandas sociales, apareciendo constantemente como timorato y dilatorio frente a la opinión pública. Esto, obviamente, juega en contra de los intereses y situación declinante de los trabajadores.

El viernes 31 de marzo, en el Plenario del Movimiento de Acción Sindical Argentino, se promovieron una serie de iniciativas juzgadas como imprescindibles en el actual contexto socio-económico y político. Por un lado, se exigió la convocatoria al Consejo Confederal de la CGT para definir un programa, un plan de acción y la adecuación de la estructura de mandos a los estatutos de la central obrera, unificando la conducción y reconociendo las atribuciones correspondientes a las distintas instancias institucionales. También se remarcó la necesidad de articular las instancias de acción sindical con las político-partidarias, considerando que las PASO y las elecciones legislativas de este año serán el indicador fundamental para el futuro, tanto de las políticas de Gobierno, cuanto del propio peronismo. Sin aguardar a la realización del paro, se han celebrado reuniones en Junín, en la CABA y han comenzado las visitas a los Parques Industriales de diversos distritos de la Provincia de Buenos Aires, propiciando una acción conjunta de las instancias políticas -con Florencio Randazzo y Julián Domínguez como principales referentes-, el MASA y el Grupo Esmeralda. Un juego en cual el Diputado Oscar Romero se ha constituido en pivote estratégico debido a su procedencia y militancia sindical.

Por el lado de la CGT, si bien no se han anunciado nuevas medidas concretas, sí se reveló la decisión de continuar con la discusión interna, y promover la reunificación sindical. Queda claro que, frente a la determinación del gobierno de desconocer las señales de la calle y avanzar en su programa, sería un suicidio para el movimiento obrero mantenerse en la actual dispersión. Una vez más, las razones que explican las conductas de las dirigencia parecen no condecir con las expectativas y demandas populares urgentes.

El Gobierno, en cambio, ha asumido una actitud decidida, pretendiendo desacreditar las medidas de fuerza que se multiplicaron en los últimos 45 días. Mientras se insistía en cuestionar las razonabilidad del paro, el Presidente Mauricio Macri respondió desde el "Mini Davos" reunido en nuestro país que el cambio era irreversible, adjudicó la contundencia de la medida a la falta de transporte, y finalmente aseguró que los intereses de los inversores externos serían privilegiados por su gestión, afirmando que quien quisiera llevarse su dinero podría hacerlo en cualquier momento. Su Ministro de Trabajo, Jorge Triaca, sostuvo idéntica posición, al tiempo que anunciaba, a coro con el Ministro de Educación Esteban Bullrich, su determinación de impugnar el fallo que obligaba a convocar a paritarias educativas en el plazo de cinco días.

El Gobierno, siguiendo los consejos de Durán Barba y de Marcos Peña, ha decidido insistir en un sendero riesgoso, aunque es cierto que hasta ahora le ha dado buenos resultados: el de la radicalización política. Por eso al incrementar la grieta, de modo tal de pulverizar al Frente Renovador, ofreciendo al electorado la instancia de elegir entre "el pasado", es decir, Cristina Fernández de Kirchner, y "el futuro", con el cual pretende auto referenciarse. De este modo, las elecciones se convertirían en un Plebiscito sobre CFK, en lugar de poner en examen la gestión del gobierno a mitad de su mandato.

Fragmentada y enfrentada en muchos casos, la oposición política y sindical ha debido aceptar la tesis oficial de que los resultados electorales constituyen el factor determinante para la evaluación de la voluntad popular, más allá de manifestaciones masivas y paros contundentes. La dispersión interna le impide forjar un frente sólido, al tiempo que el reconocimiento del liderazgo de la ex presidenta significa un parteaguas que tal vez las PASO permitan sortear, aunque no sea del todo seguro que los derrotados acompañen a los vencedores en la aventura electoral posterior. En efecto, así como para los cristinistas la candidatura y el liderazgo de su Jefa son considerados como una verdad revelada, el peronismo a nivel nacional tiene una percepción muy diferente de la situación, ya que la figura de CFK es asociada con una derrota electoral casi segura en el mes de octubre, y con el naufragio, tal vez definitivo, del movimiento que fundó el General Perón en 1945. De este modo, el PRO y el cristinismo aparecen una vez más como las dos caras de una misma moneda, al ser los beneficiarios excluyentes de la polarización que insisten en imponer, para imposibilitar de este modo la consolidación de opciones más moderadas y comprometidas con el proceso de reconciliación de todos los argentinos.

En este juego de tensiones y negociaciones, el Frente Renovador ha optado por llamarse a cierto silencio, privilegiando la organización interna, a la espera de la llegada de instancias más decisivas del proceso electoral. Es una jugada riesgosa, ya que si bien por un lado podría beneficiarlo, al diferenciarlo de las opciones polarizadoras, entraña el riesgo cierto de ser considerado como una opción de voto escasamente útil, si el escenario de polarización termina dominando la escena.

Sin embargo, pese a las señales públicas de unidad y autosuficiencia que el Gobierno pretende instalar en el imaginario colectivo, los movimientos y pases de factura internos demuestran que no las tiene todas consigo. Más aún, que no le pasa desapercibido para nada el descontento mayoritario y ni las señales que recibe del espacio público a través de paros y movilizaciones masivos. El Presidente y sus colaboradores más cercanos saben que juegan todas sus fichas en las elecciones de octubre, por lo que resulta indispensable tratar de bajar la temperatura social para evitar estallidos previos que los coloque en situación de debilidad extrema. Sin embargo, también son conscientes de que si bien el manual para ganar elecciones los provee de muchas recetas, indudablemente efectivas, sus compromisos corporativos a menudo dificultan o directamente impiden su aplicación. Por eso se ha optado por combo que incluye desde inversiones significativas en la obra pública, un cambio en la estrategia sindical -que ahora apostará a negociar con cada gremio, pasando por encima de la CGT, a fin de incrementar la fragmentación- y el incremento de los característicos timbreos, con la decisión de fidelizar a la tropa propia, convocándola a movilizaciones como las del 1 de abril, adoptando un discurso provocativo y descalificatorio hacia la oposición y, finalmente, aplicando el cuestionado Protocolo Anti-Piquetes, que tanto éxito tiene hacia adentro del universo partidario.

¿Alcanzará con este combo para afrontar con éxito el desafío electoral? ¿Conseguirá mantenerse la paz social, con indicadores cada vez más preocupantes? ¿Podrá avanzar el movimiento obrero en su reunificación? ¿Conseguirá el peronismo, en sus diversas expresiones, recuperar el liderazgo del campo popular, o continuará fracturado, y oficiando en muchos casos como furgón de cola de la formación comandada por Cristina Fernández de Kirchner? ¿Habrá espacio para trazar una "ancha avenida del medio", tal como aspira el Frente Renovador, o, por el contrario, la polarización condenará tal expectativa?

Los interrogantes son muchos, pero el calendario, inexorablemente, avanza a paso acelerado, en una dinámica en la cual las opciones posibles, indefectiblemente, terminarán desplazando a las virtuosas.

Alberto Lettieri exclusivo para Cadena BA. 8/04/2017

Doctor en Historia, Ex Director Académico del disuelto Instituto de Revisionismo historico Manuel Dorrego, Prof. Tit. UBA, Investigador Conicet, Escritor. 




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