24-11-2017
"Bailando sobre el Titanic"
Por Alberto Lettieri (Historiador) @albertolettieri
Si algo parecía tener en claro desde un principio la alianza Cambiemos era que el año 2017 sería determinante para sus expectativas. No sólo de llegar a buen puerto en 2019, sino de aspirar a un nuevo mandato presidencial hasta 2023. Pese a ello, o quizá tal vez por ello, aprovechando la fragmentación y confrontación interna de la oposición, se lanzó a un inédito proceso de transferencia de recursos, concentración de la riqueza, destrucción del salario y del empleo y endeudamiento y satisfacción de acreedores externos. Llenó los ministerios de CEO's que defienden capa y espada los intereses de sus respectivas empresas y corporaciones, privilegió la propaganda y la campaña permanentes a la gestión concreta y, cuando sus acciones golpean a actores sociales con cierto nivel de organización, capaces de generar acciones de protesta o de resistencia, el Gobierno da marcha atrás pidiendo disculpas o busca arreglar el diferendo apelando a la caja.

En estos términos, 2016 fue una especie de primavera conservadora, donde los sectores más concentrados de la economía, y el entorno presidencial -y, sobre todo, empresarios y empresas relacionadas directamente con el Presidente- hicieron su agosto. Los indicadores negativos eran adjudicados a una ficcional "herencia recibida", y las causas con cierto tufillo a corrupción o a un accionar reñido con la ley -la Fundación Sumar, los negocios de la primera línea del gobierno denunciados en los Panamá Papers, las cuentas off shore, las negociaciones de deuda, el acuerdo Qatar, el maridaje entre las empresas de Calcaterra, Caputo, Báez, López y sigue la lista, eran silenciadas a través de un eficiente andamiaje mediático.

Así llegamos a inicios del temido 2017, el temido año de la metamorfosis, en el cual el Presidente Mauricio Macri, a juicio de los analistas -y de su propio entorno-, deberá someterse al test de las urnas, para salir convertido en Carlos Menem o en Fernando de la Rúa. Llamativamente, pese a la presión que impone un horizonte tan concreto, Cambiemos no cambió. Siguió a tono con sus políticas de transferencias de recursos, empobrecimiento de la sociedad y concentración de la riqueza. Eliminó la financiación de las compras con tarjetas de crédito a que recurrían amplias capas de la sociedad argentina, y en el primer mes del nuevo régimen se registró una caída del 30% de la actividad comercial. Continuó tratando de limpiar los negocios cuestionados de la familia presidencial, como en el Caso del Correo Argentino, y generó una reacción popular que le obligó a dar marcha atrás en medio del repudio generalizado. Por si fuera poco, concretó el fin de las transmisiones gratuitas de fútbol, que volvieron a su anterior gerenciador, Torneos y Competencias -esta vez con nuevos asociados interncionlaes-, cuyos responsables registran múltiples causas en el exterior por sus comportamientos desdorosos. Por si fuera poco, se incrementaron astronómicamente las tarifas de luz y de gas, mientras buena parte la población sufre la falta de aprovisionamiento de energía eléctrica. Así podríamos seguir hasta el hartazgo. Baste con puntualizar que, incluso en aquél rubro que el Presidente señaló como termómetro para su gestión, la lucha contra la inflación, los indicadores oficiales y privados coinciden en demostrar la magnitud de su fracaso.

Llama la atención, por cierto, que en un contexto electoral decisivo el Gobierno privilegie sus disputas internas por sobre la implementación de políticas que le granjeen un mayor respaldo popular. Los salarios, que ya perdieron entre 12 y 14% de su capacidad de compra durante el año pasado, están condenados a un nuevo saqueo en caso de que el Gobierno consiga imponer en las paritarias su índice previsto de inflación del 17%, a esta altura más cercano al realismo mágico que a la realidad. Y no son exclusivamente los sectores asalariados, ni los que trabajan en negro, desprovistos de toda protección legal, los afectados. También lo son las clases medias que dependen de la actividad comercial, los pequeños y medianos empresarios, los profesionales.

Las encuestas, a las que tan afectas son las autoridades de Cambiemos, han pronunciado una sentencia terminante, aunque no definitiva. El Gobierno perdió 1 millón de votos sólo en la Provincia de Buenos Aires respecto de la elección de 2015. La aprobación de la gestión de Mauricio Macri bajó casi a la mitad, del 72% en sus inicios, al 39% actual. Su espada más eficaz, María Eugenia Vidal, pese a que mantiene una imagen alta, ha caído 10 puntos. Mientras que un 42% de la población adjudicaba la responsabilidad de la situación actual a la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, para el mes de enero de este año, hoy ese convencimiento se redujo a sólo el 27%. Si nos fijamos en los ítems referidos a la economía, el 57% cree que Cambiemos gobierna para la

clase alta. El 52% está convencido de que a la clase media le fue peor y el 68% considera que a la clase baja le fue peor. El 40% afirma que la economía está peor que hace un año atrás, mientras que el 39% cree que estará aún peor dentro de un año y sólo el 27 cree advertir alguna mejora. Y esto por no hablar del grave incremento de la desocupación y las suspensiones, o del incremento exponencial de la pobreza y de la indigencia, que, según el Observatorio de la Universidad Católica, elevaría el porcentaje de quienes viven debajo de la línea de pobreza al 50% a fines de 2018, en caso de mantenerse el rumbo actual de la administración.

Los números señalados, de caras a una elección legislativa decisiva, son muy preocupantes y provocan cotidianamente reyertas y recambios al interior de la gestión. Queda claro también que el Gobierno está a tiempo de revertirlos, cambiando la marcha y modificando algunas de sus políticas, a los fines de incrementar el empleo y estimular el consumo. No es esta la hoja de ruta escogida por las autoridades nacionales y provinciales hasta ahora. En lineal similitud con la gestión anterior, también Cambiemos, en sus momentos de crisis, parece preferir el empoderamiento de los leales y los socios fundadores, concentrando en ellos más poder y recursos y desplazando a sus aliados a la periferia, en lugar de tratar de ampliar sus alianzas sociales y políticas para tratar de revertir su declinación.

En este sentido, puede observarse una marcada "derechización" de la estrategia del Gobierno, buscando el auxilio de la Justicia para poner en caja a los díscolos. El problema es que el impulso del juicio político de los jueces que se limitaron a validar la paritaria bancaria, el del juez que invalidó las iniciativas -más propias de un Estado Fascista- de la Gobernadora María Eugenia Vidal para torcerle el brazo a los justos reclamos docentes, o bien el procedimiento orquestado sobre el Sindicato de Gastronómicos como represalia al respaldo de Luis Barrionuevo a la movilización del 7 de marzo, implica colocar a las instituciones de la república en cuarentena. Este sesgo autoritario, anticipado ya por la insostenible situación de encarcelamiento que soporta Milagro Sala, la exigencia de que los docentes "kirchneristas" deban identificarse públicamente como tales -¿de qué color sería el brazalete que deberían portar?- o el subsidio para "carneros" que promueve la Gobernadora Vidal, los frecuentes cuestionamientos a la vigencia de los DDHH -atriles de Rodríguez Larreta levantados para entorpecer las marchas de las Madres de Plaza de Mayo incluidos-, etc., o bien la publicación de las fotos de los hijos de Baradel y la divulgación de sus datos personales y actividades y horarios en los que pueden ser ubicados siembra de dudas el presente y el horizonte de la democracia argentina.

En una nueva similitud con el gobierno anterior, que, en su momento, eligió a los docentes como eje de sus críticas cuando los números no le cerraban, Cambiemos parece haber escogido a la educación como campo de batalla en su ofensiva sobre el bolsillo de los trabajadores. Las declaraciones del Presidente Macri, de la Gobernadora Vidal y de las primeras líneas del gobierno parecen calcadas de aquellas de CFK en 2013, cuando sostenía que: "Con trabajadores que gozan de estabilidad frente al resto de los trabajadores, con jornadas laborales de 4 horas y 3 meses de vacaciones, cómo es posible que sólo tengamos que hablar de salarios y no hablemos de los pibes que no tienen clases."

Si apelara a la enseñanza histórica, Cambiemos sabría que ponerse en contra a los docentes implica ganarse la desaprobación de la opinión pública. Así lo experimentó Carlos Menem con la Carpa Blanca y CFK, por más que debió disculparse inmediatamente, perdió las elecciones de ese año y también debió archivar el proyecto de reforma constitucional para optar a un tercer mandato. Por otra parte, no es sencillo presentar como político un conflicto que, en caso de aceptar la propuesta oficial, hundiría a los salarios docentes por debajo de la canasta básica. Mucho más cuando la mayoría de los votantes tiene en claro que eso ya les ha sucedido en sus propias actividades, o está a punto de sucederle en un futuro más o menos próximo. Tampoco resulta fácil despegarse de la flagrante contradicción entre la enjundia con que el Ministro Bullrich defendió la realización y las virtudes de la paritaria nacional docente el año pasado, y la abrupta negativa a realizarla este año, pese a constituir una obligación legal. Si bien queda claro que, de este modo, la generosa Caja de Compensación para la actividad docente quedaría intacta y disponible para otros usos en un año electoral, razones de este tipo no pueden ser expuestas en el debate público.

Justamente esta tendencia a recurrir a la Ley o a la Justicia sólo cuando beneficia a sus propios intereses la que llena de zozobra no sólo a la oposición, sino a los propios votantes de Cambiemos, sobre todo cuando la mayoría de ellos debe reconocer en silencio la indubitable afirmación de que "con la yegua estábamos mejor." Cada visita al supermercado, o cada nuevo pago de una tarifa de servicios "sincerada" lo confirman.

Hoy en día, el Gobierno parece bailar sobre el Titanic. En lugar de recalcular y modificar la ruta, parece decidido a acelerar la marcha para impactar con mayor potencia sobre el gigantesco iceberg que supone la competencia electoral de este año. ¿Su insistencia será premiada por el éxito? ¿O, por el contrario, confirmará los pronósticos más oscuros, aquellos que fueron formulados incluso antes del ballotage presidencial de 2015? La fijación de la fecha del primer paro general, la decisión de estatales, judiciales y docentes provinciales de redoblar la apuesta, la determinación de votantes propios y ajenos de salir a reclamar públicamente por el desmadre de la economía, los servicios y la situación social, exigen definiciones muy anteriores a la contienda electoral. Para muchos agoreros, el 2001 parece estar a la vuelta de la esquina, aunque estemos aún bastante distantes de las condiciones imperantes en aquel momento.

Un ex rector de la Universidad de Harvard entre 1971 y 1991, Derek Curtis Bok, afirmó en su momento: "Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia…" Muchos dentro del gobierno actual, parecen haber entendido su mensaje de manera equívoca. Sería provechoso para todos que, también en este caso, se reposicionen y salgan a disculparse una vez más.

Alberto Lettieri exclusivo para Cadena BA. 18/03/2017

Doctor en Historia, Ex Director Académico del disuelto Instituto de Revisionismo historico Manuel Dorrego, Prof. Tit. UBA, Investigador Conicet, Escritor. 




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