14-12-2017
"El Triunvirato de la CGT y las oportunidades desperdiciadas"
Por Alberto Lettieri (Historiador) @albertolettieri

Es una verdad de Perogrullo la afirmación de que el poder político no se tiene, sino que se ejerce. Y si no se ejerce, se pierde, ya que no puede ser guardado o invertido en el mercado financiero. Sin embargo, esta comprobación tan básica que realizó Nicolás Macchiavello hace 6 siglos parece haber escapado del conocimiento o de la percepción de buena parte de la dirigencia de nuestro país, sobre todo en la última semana.

Las palmas se las llevó el Triunvirato que encabeza la CGT. Y digo encabeza, porque quedo en claro que está muy lejos de conducir al movimiento obrero. Por más que hagamos memoria en la historia nacional, no encontramos antecedentes de una dirección sindical que haya sido capaz de convocar a una movilización de fabulosa envergadura -los más cautos hablan de 500.000 personas, los más optimistas sostienen que estuvo por encima de las 700.000- para exigir cambios en las políticas del Gobierno, que al cabo de un tercio del gobierno de Cambiemos sólo han conseguido poner en marcha, y con llamativa vitalidad, la fabricación de pobres e indigentes, y la concentración de la riqueza en pocas manos.  Un siglo atrás, una movilización de envergadura similar -la mítica "Marcha sobre Roma"-, permitió consagrar el cambio de régimen en la Italia de la primera posguerra. En la Argentina actual, en cambio, sólo terminó con los convocantes poniendo pies en polvorosa, debiendo ser refugiados por los funcionarios del mismo Ministerio ante el cual minutos antes habían formulado sus exigencias. Y es que los discursos, más o menos duros según los oradores, sonaron muy escasamente convincentes a los oídos de las mayorías que esperaban ansiosamente la fijación de una fecha para un paro general que, si bien no iba a resolver los problemas de los argentinos, al menos iba a significar un contundente llamado de atención para el Gobierno Nacional.

Sin embargo, la jefatura de la CGT no estuvo a la altura de las demandas populares, y lo que comenzó siendo un día de lucha y un verdadero plebiscito sobre las políticas del gobierno actual, terminó entre desmanes, confrontaciones internas y una sensación de bronca y frustración que invadió al movimiento obrero y a la sociedad toda. Algunos podrán sostener que el Triunvirato no podía fijar fecha para un paro general porque las posiciones de los distintos sindicatos no eran coincidentes y que ese anuncio podría haber llevado a la fractura. Otros, que lanzar un paro general a esta altura a un gobierno escasamente dispuesto a cambiar su curso de acción, sólo podría conducir a un nuevo 2001, con el consiguiente perjuicio para los ya castigados bolsillos de los trabajadores. Siguiendo este razonamiento, la función de la CGT debería ser la de garantizar la gobernabilidad de un régimen que insistentemente arbitra en contra de los intereses de las mayorías populares.

Las explicaciones podrán ser más o menos veraces o fundadas, pero -como decía el General Perón- "la única verdad es la realidad". Y el balance de la jornada presentó a un Triunvirato devaluado, casi autista, incapaz de garantizar siquiera el control del palco, objeto de escarnio por parte de sectores minoritarios del cristinismo y de algún sindicato próximo al Momo Venegas, que cuesta entender cómo llegaron a ocupar un lugar estratégico en el evento. Pablo Moyano lo expresó con todas las letras: "Esto con mi papá no pasaba y el paro hubiera sido mucho antes". Tampoco hubiera pasado con Vandor, con Rucci, con Saúl Ubaldini ni con ninguno de los grandes líderes sindicales que dio nuestro suelo. Porque la verdad es que si ese Triunvirato que convocó al paro no tenía conciencia de cuál sería el reclamo de más de medio millón de asistentes, su dirección afronta un problema muy grave.   Si lo sabía y no estaba dispuesto a aceptar el reclamo popular, debió haber evitado la concentración, como lo hizo, por ejemplo, el Movimiento de Acción Sindical Argentino, que estableció paros parciales y difundió una dura declaración titulada "Sin trabajo no hay futuro". Pero convocar a una gigantesca movilización para desacreditarse a sí mismos equivale a prender la hoguera en la que luego uno mismo será quemado. Una vez más, en palabras de nuestro ilustre florentino, "nunca debe permitirse un desorden para evitar una guerra, porque en realidad no se la evita, sino que se aplaza el conflicto con desventaja propia"

Así las cosas, el 678 de los trabajadores y de las mujeres argentin@s permitió comprobar un diagnóstico que ya formulé reiteradamente: no aparecen liderazgos capaces de ponerse a la cabeza de los reclamos y necesidades sociales, mientras que las razones del descontento crecen en escala geométrica. En tres días, y sólo en la Ciudad de Buenos Aires, se movilizó entre 1 millón y 1,3 millones de personas, para protestar frente a un gobierno que no da respuestas a sus problemas, y que, es más, ni siquiera parece dispuesto a considerarlos como tales. Mientras tanto, se multiplican los indicadores de pobreza e indigencia, los despidos y las suspensiones, mientras que la inflación se incrementa y la actividad económica se va a pique. Los reclamos están latentes, y lo peor que podría suceder es que la dirigencia -tanto oficialista como opositora- no operara sobre las causas, porque con tomar nota no alcanza. Nadie, en su sano juicio, parece dispuesto a creer que el Gobierno cambiará su curso de acción,  mientras que pocos son los que consiguen adivinar algún resabio de la combatividad del ya mítico Saúl Ubaldini en defensa de los intereses de los trabajadores dentro de la actual dirección de la CGT. El riesgo es enorme en virtud de la gravedad de la situación social y económica. Volvamos a los clásicos, en este caso a Thomas Hobbes en su Leviathán (1651), texto fundante de la teoría moderna del Estado: el paso siguiente a la dilución del  poder institucional es el retorno al Estado de Naturaleza. Si la demanda social no es contenida y articulada, no vale lamentarse si se conforma el escenario ideal para los estallidos sociales inorgánicos que tienden a multiplicarse por simple imitación.

Por estos motivos, la referencia a aquella alternativa de hierro que señalara el General Perón, "con los dirigentes a la cabeza, o con la cabeza de los dirigentes", se convirtió en tendencia dentro de la opinión pública. Ni lentos ni perezosos, tomaron forma los rumores de que Hugo Moyano, Luis Barrionuevo y Antonio Caló estarían dispuestos a retomar la primera línea de la conducción sindical. Tampoco se hicieron esperar las iniciativas para fijar ya la fecha de un paro general: el 30 de marzo para algunos, otros el 2 o el 4 de abril. También desde la CGT se anticipó que en la reunión del próximo jueves se tomaría una decisión al respecto. Tarde seguramente para garantizar la sobrevida de la unidad o del Triunvirato. Si no se fija fecha inmediata para el paro general, la central se expondrá a graves críticas y seguramente surgirán importantes fracturas. Si lo hace, quedará instalada la sensación de que dejó que le marcaran la cancha, y que no actúa por convicción sino por imposición. En un caso u otro, el Triunvirato tendrá graves inconvenientes para recuperar un crédito que dilapidó en forma infantil.

Antes de esas fechas que se manejan para el paro general, una nueva conmemoración del 24 de marzo, en el marco de un gobierno que ha asumido actitudes muy contradictorias respecto de los DDHH y su posicionamiento frente a la Dictadura Cívico-Militar amenaza con convertirse en un nuevo plebiscito sobre la gestión de Mauricio Macri. No terminan allí las malas noticias para el oficialismo. Los docentes ya anunciaron su plan de lucha, las clases en la Provincia de Buenos Aires amenazan no reiniciarse, los oscuros manejos financieros de buena parte de las primeras líneas han calado hondo en la sociedad, incluso en los propios votantes de la alianza Cambiemos, y el malestar social se multiplica por todas partes.

En vistas del deterioro de la situación gubernamental, algunos funcionarios han llamado la atención presidencial sobre la necesidad de corregir algunos lineamientos de las políticas oficiales que han afectado sensiblemente a la inmensa mayoría de la sociedad argentina, obteniendo un impacto acotado. Pese a la magnitud del daño generado a la economía productiva y a las mayorías populares, el Gobierno no ha conseguido resolver ninguno de los objetivos asumidos. La inflación comienza a dispararse una vez más, después de un año funesto. Las tarifas aumentan de manera exponencial, pero los cortes de luz continúan. Las inversiones productivas no llegan ni podrían hacerlo con políticas que sólo favorecen la especulación y la transferencia de recursos. Y, para colmo, las internas dentro de la propia alianza gobernante amenazan desmadrarse a cada momento. 

De la obra de Macchiavello, el Gobierno Nacional sólo parece haber reparado en un párrafo, aquél que aseguraba que "vale más ser temido que amado". Sin embargo, el resto de las páginas de El Príncipe se esfuerzan en demostrar la conveniencia de privilegiar el consenso de los subordinados por sobre el enfrentamiento. Después de todo, aseguraba el florentino, "el hombre olvida más fácilmente la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio". Y la visita cotidiana al supermercado, o la imposibilidad de afrontar las tarifas públicas, constituyen la más efectiva rente a las próximas elecciones. Elecciones que, tal como ha afirmado Carlos Pagni, exponen a Macri al desafío de salir convertido en Menem o en De la Rúa.

Alberto Lettieri exclusivo para Cadena BA. 11/03/2017

Doctor en Historia, Ex Director Académico del disuelto Instituto de Revisionismo historico Manuel Dorrego, Prof. Tit. UBA, Investigador Conicet, Escritor. 




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