18-08-2017
"Identidades y coaliciones. La política argentina en búsqueda del arca perdida"
Por Alberto Lettieri (Historiador) @albertolettieri
La política argentina en el largo plazo

Normalmente se acepta que el proceso de construcción de la ciudadanía en nuestro país reconoce como momentos fundantes la sanción de la Ley Sáenz Peña (1912), que garantizó las condiciones para el ejercicio del sufragio universal dispuesto en la Constitución de 1853, e imposibilitado hasta entonces por las elites oligárquicas mediante el ejercicio sistemático del fraude, y la expansión de los derechos sociales que impulsó el peronismo entre 1943 y 1955. El primero de estos logros fue consecuencia de los cambios producidos en la estructura social y económica por la inclusión de la Pampa Húmeda como granero internacional en la División Internacional del Trabajo regida por Gran Bretaña, y que se expresó en la creación de dos partidos modernos -la Unión Cívica Radical y el Partido Socialista- en convergencia con un sector modernizador de la élite que observaba con gran preocupación el crecimiento incontenible de los sindicatos y agrupaciones clasistas, fundamentalmente anarquistas y socialistas. El segundo, de los cambios en la estructura social y económica producidos por la Crisis de 1929, la Depresión de los años '30 y la Segunda Guerra Mundial, que propiciaron el incremento del comercio interno, la sustitución de importaciones y la relocalización poblacional, al limitarse de hecho las transacciones internacionales.

Sin embargo, ninguno de estos logros resultó definitivo, ya que las clases dominantes continuaron ejerciendo un papel preponderante a través de sus corporaciones fundamentales -en especial la Sociedad Rural y, en menor medida, la Unión Industrial-, y asaltaron reiteradamente el poder institucional a través de la acción del denominado "Partido militar". De este modo, entre 1930 y 1983, la Argentina experimentó una suerte de péndulo entre democracia inestable, dictaduras cívico-militares y ficciones republicanas condicionadas por militares y corporaciones patronales, con la proscripción del partido popular, el peronismo.

Tras el retorno al Estado de Naturaleza que supuso la Dictadura Cívico-Militar de 1976-83, los argentinos acometimos la compleja tarea de construir una democracia real y perdurable, en condiciones que no resultaban demasiado favorables: el peso de la fabulosa deuda externa contraída por la Dictadura ponía condiciones extremadamente restrictivas a las políticas de Estado, y el modelo de agrarización económica, concentración de la riqueza y exclusión social instrumentado por José A. Martínez de Hoz y quienes le sucedieron, había colocado a la situación social en alerta roja. A ello se sumaba un contexto internacional muy desfavorable para los países agroexportadores, y un tramado de corrupción y autoritarismo que atravesaba a nuestra sociedad.

Los partidos políticos encargados de sobrellevar la tarea de construcción de la democracia cargaban con el paso del tiempo, y en algunos casos con viscosas relaciones con las clases propietarias y con las dictaduras precedentes. La UCR, fundada a fines del Siglo XIX, había perdido en gran medida su sesgo transformador varias décadas atrás, cuando el peronismo le despojó su condición de portador de las demandas populares. El peronismo, por su parte, había atravesado una grave crisis interna durante los años de la resistencia, y esas diferencias se habían incrementado más aún con el retorno al gobierno entre 1973 y 1976. Más aún, más allá de sus consideraciones éticas y su referencia permanente a un marco doctrinario, ambos adolescían de un proceso de actualización doctrinaria y de programas de gestión actualizados.

Identidades y coaliciones políticas a partir de 1983

Es por esa razón que, a partir de 1983, no faltaron las iniciativas para tratar de renovar la estructura del sistema de partidos, al diagnosticarse que las dos fuerzas políticas principales habían surgido como respuesta a un crisis ocurrida 100 años atrás, y la otra a los graves cambios que había impuesto la crisis de 1929. Por esa razón es que Raúl Alfonsín, uno de los grandes constructores de la democracia argentina, trató de impulsar un Tercer Movimiento Histórico capaz de sintetizar las tradiciones históricas del radicalismo, el peronismo y el socialismo, colocándolo bajo el paraguas protector de la Internacional Socialista.

Como es sabido, la iniciativa colapsó ante las condiciones históricas en que debería haberse desarrollado. Las presiones de los grupos autoritarios, las demandas sociales insatisfechas, el peso de la deuda, la debilidad para

negociar frente al FMI, la justa reivindicación de los intereses de los trabajadores impulsada por Saúl Ubaldini, Secretario General de la CGT, la falta de respaldo interno, el proceso de renovación que convirtió a la puja interna del peronismo en parámetro nacional y las condiciones cada vez más hostiles del contexto internacional llevaron a Alfonsín a resignar su programa progresista, para concluir en la designación de un equipo económico que se encargaría de diseñar las bases de las políticas de privatizaciones, ajuste y achicamiento del Estado que habrían de impulsarse sin cortapisas en los años 90.

El primer intento de superar las identidades políticas tradicionales terminaba así en un ruidoso fracaso, en medio de una gravísima hiperinflación y la entrega anticipada del Gobierno al nuevo Presidente, Carlos Saúl Menem. El nuevo presidente tomó clara conciencia de las limitaciones que se imponían a su gestión, agravadas por el proceso de globalización acelerada que se extendía a escala mundial, la presión de mercados y gobiernos extranjeros sobre la deuda argentina, y las relaciones de fuerza interna, que eran sensiblemente desfavorables para las grandes mayorías argentinas. En efecto, la primavera democrática de Alfonsín, que duró tal vez hasta 1986, fue dejando paso a una sensación colectiva de resignación y derrota en los sectores populares, que experimentaron un rápido proceso de desmovilización.

Sin intelectualizarlo en términos programáticos, a diferencia de Alfonsín, Menem organizó su propia coalición que sumó lo que, hasta entonces, parecía ser el agua y el aceite. Trató de liderar a un peronismo que aún sangraba por las heridas del pasado, incluyéndolo en una alianza con corporaciones políticas y nuevas agrupaciones conservadoras -como la UCD-, y estableció un vínculo estrecho y subordinado con los EEUU en el plano internacional. Las políticas de Menem llevaron a múltiples cuestionamientos respecto de la clase de peronismo que expresaba, o directamente si un programa de tales características podría ser considerado como "peronista". En la práctica, y en términos sociales, su gestión posibilitó la concentración de la riqueza, la transferencia de recursos al exterior y el empobrecimiento de los sectores medios-medios y medios -bajos, aunque, como contrapartida, garantizó la inclusión social de las clases subalternas a través, sobre todo, de activas políticas sociales. ¿Era posible garantizar la supervivencia de la república articulando una coalición diferente? El interrogante entraña un contra fáctico, ya que no tenemos contra que contrastarlo. Pero cualquier análisis serio de los años 90 deberá prestar atención primordial al contexto internacional de la globalización, y las consecuencias del fin de la Guerra Fría sobre las economías y la política internacionales.

Una característica que expresó hasta entonces la política argentina, y que continuaría hasta el presente, ha sido su tendencia a concentrar el poder de decisión en el Poder Ejecutivo, de modo tal que la estabilidad y consolidación del régimen político ha dependido de la capacidad de liderazgo presidencial. En 1999, la restricción legal a una nueva postulación de Carlos Menem hizo estallar la coalición que se articulaba bajo su órbita, y propició la victoria de una alianza política alternativa, de efímero desempeño, encabezada por Fernando de la Rúa. Llamativamente, esa alianza compuesta por radicales, peronistas disidentes y algunos sectores progresistas, sólo consiguió formular una propuesta moralizante de la política, aunque totalmente inapropiada para garantizar la gobernabilidad. Tan violento fue el choque con la realidad, que, presionada por las condiciones internas y externas, y atravesada por frecuentes crisis políticas, la Alianza terminó por convocar al genio de la botella de la, hasta entonces, denostada década de los 90, Domingo Felipe Cavallo. Sin embargo, el Superministro venía con la pólvora mojada, sin un plan alternativo y adecuado a las condiciones específicas del cambio de siglo, por lo que todo terminó en un colapso económico y social, las calles teñidas de sangre y la clase política absolutamente desacreditada, mientras De la Rúa silenciosamente ponía los pies en polvorosa abordando el helicóptero presidencial.

Lo demás es historia reciente. La etapa de transición que terminó piloteando exitosamente Eduardo Duhalde, quien sacrificó su carrera política para sacar al país de una crisis inédita, y su respaldo a la fórmula presidencial Néstor Kirchner-Daniel Scioli. Néstor Kirchner refundó el Estado Nacional en una situación gravísima, impulsó la producción, el desendeudamiento y la inclusión social, adoptó una clara política de reivindicación de los DDHH y reposicionó a la Argentina en el contexto internacional, estableciendo una alianza sólida con el Brasil de Lula y la Venezuela de Chavez. No es éste el lugar para reeditar un examen de la Presidencia de Néstor Kirchner ni de su sucesora, Cristina Fernández de Kirchner. Sólo me limitaré a señalar tres cuestiones: una, la certeza de Néstor Kirchner sobre la necesidad de apelar a la transversalidad política, a fin de propiciar una coalición renovadora de las fuerzas políticas y sociales tradicionales. La segunda, la redistribución de la riqueza y el impulso de procesos efectivos de inclusión social y de crecimiento económico, que implicaron un punto de inflexión en la historia contemporánea argentina. La tercera, finalmente: el pragmatismo de Néstor Kirchner, su llamativa habilidad política para redefinir alianzas políticas atento a los cambios y tensiones que se producían en el contexto nacional e internacional. Una habilidad que se extrañaría sensiblemente luego de su muerte, y que sólo permite llamar la atención sobre los riesgos que entraña un sistema político asentado sobre una matriz tan personalizada. Pero esta característica se remonta al texto fundador de Alberdi, Las Bases, cuando sostenía la necesidad de consagrar a "monarcas con el nombre de presidentes", con la única limitación del plazo de su mandato.

Tras la muerte de Néstor Kirchner es posible comprobar líneas de continuidad y otras tantas de diferenciación durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, tanto en lo programático cuanto en las características de la coalición que la respaldó. Sin embargo, lo que no cambió fue la concentración del liderazgo político y la personalización del liderazgo, llevado en este caso a una dimensión cuasi religiosa. Sin embargo, la concentración de autoridad individual que concede nuestro sistema político al Presidente, significa también una grave limitación a la continuidad de las coaliciones políticas en el tiempo, en el momento en que ese actor se encuentre inhabilitado legalmente para optar a una nueva reelección.

Las elecciones presidenciales de 2015 se caracterizaron por la estrategia de polarización a que apelaron las dos fuerzas políticas protagónicas, el FPV y Cambiemos, y a la prescindencia formal que adoptó el Frente Renovador, una vez apartado de la contienda presidencial tras la primera vuelta electoral. Los resultados electorales demostraron que, pese a la imposibilidad de presentar la candidatura de su jefatura natural, Cristina Fernández de Kirchner, el FPV alcanzó el 48,66 % de los votos. Cambiemos se impuso por 1,5 puntos, y la opinión pública asoció la prescindencia del Frente Renovador con un guiño a la candidatura de Mauricio Macri.

Identidades y coaliciones políticas hoy. El escenario electoral de 2017

Durante los meses transcurridos entre el ballotage y el presente, la política argentina adquirió una dinámica vertiginosa. Del lado del FPV se experimentaron las fragmentaciones y reposicionamientos propios de una derrota electoral no exenta de dudas y pases de factura sobre actitudes y decisiones equívocas. Del lado del Frente Renovador, y también por parte de algunos referentes del peronismo y del radicalismo, se intentó abonar una vía intermedia, denominada como la "anchar autopista del centro", buscando seducir a los desilusionados con el pretendido "populismo" del FPV, cuanto con el incumplimiento de las promesas electorales por parte de Cambiemos. Del lado de la coalición gobernante, la fractura de la oposición y la matriz dialoguista que adoptó el segmento anterior le posibilitaron impulsar drásticas políticas de ajuste, endeudamiento inédito y concentración de la riqueza, que en muchos casos significaron la negación o el cercenamiento de la acción legislativa del Congreso Nacional.

Con el ingreso a un nuevo año electoral, es posible advertir una llamativa radicalización del escenario político, en la inteligencia de que los resultados que obtengan actores y coaliciones políticas serán determinantes no sólo para los próximos dos años de gestión de Mauricio Macri, sino también para la configuración de las alianzas en vistas de las presidenciales de 2019. En principio, parece quedar en claro que, a partir de 1983, las identidades políticas tradicionales, si bien no han desaparecido, se han fragmentado significativamente, dando lugar a coaliciones articuladas bajo alguna clase de liderazgo carismático y personalizado. Sin embargo, aun mantienen una importancia significativa en la construcción de relatos y programas políticos. Pero, significativamente, hay radicales, peronistas y socialistas tanto en el FPV, como en Cambiemos o el FR, y todos pretenden justificar sus alineamientos recurriendo a la historia o a la doctrina de su propio partido.

Durante el primer año de gestión Cambiemos ha demostrado una llamativa efectividad para aprovechar las debilidades y contradicciones ajenas, y garantizado la gobernabilidad incluso aplicando un programa de transferencia de recursos y concentración de la riqueza inéditos para el primer año de un gobierno elegido por sufragio popular. Resulta natural, por lo tanto, que su estrategia consista en mantener el discurso de radicalización política que le llevó a la victoria en 2015, alertando contra los riesgos de un retorno del "populismo" y la "fiesta kirchnerista". Mientras tanto, continuará con su programa potenciado de concentración económica, contención social a través de las organizaciones de base y, seguramente, en el bimestre previo a las elecciones, impulsará algunas medidas económicas para granjearse el apoyo de algunos sectores que lo votaron, y hoy manifiestan cierta decepción ante su gestión.

Por el lado del FPV, se advierte un proceso lógico de aquietamiento de las aguas, habida cuenta de que no se ha instalado ninguna figura con entidad suficiente para confrontar internamente con CFK. Las expectativas puestas, por ejemplo, en la figura de Florencio Randazzo, fueron diluyéndose en vistas de su negativa a asumir públicamente ese rol. Como dato adicional, cada visita al supermercado o cada nuevo aumento o vencimiento impositivo, o cada viaje en transporte público, juegan a favor del crecimiento de la imagen pública de la ex presidenta. Solo resta confirmar, en este caso, que los diversos componentes de esta coalición sean capaces de priorizar los objetivos políticos por sobre las confrontaciones y desconfianzas internas, para llegar unificados al proceso electoral, y que exista generosidad al momento de distribuir candidaturas en las listas para evitar los heridos y fugas que habitualmente provocan las PASO.

La coalición más perjudicada por la dinámica de la radicalización parece ser nuevamente, y a primera vista, el Frente Renovador. En una coyuntura tan crítica como la que atraviesa la Argentina actual, en el marco de las tempestades que muchos pronostican en el escenario internacional tras el triunfo de Donald Trumph, la instalación electoral de una opción moderada no resultará una apuesta sencilla. Massa ha salido recientemente a hablar, manifestando su convicción de la necesidad de distanciarse tanto del "populismo" cuando del ajuste del gobierno actual. Sin embargo, las encuestas parecen comenzar a confirmar que la pretendida "ancha avenida del centro" comienza a angostarse, y que sólo resultará posible obtener resultados significativos profundizando la matriz opositora del discurso del FR -una especie de peronismo sin Cristina-, o bien acercándose a la coalición gobernante. Pero, para la primera de estas alternativas, el publicitado acercamiento con Margarita Stolbizer no parece jugar precisamente a favor.

Quedan, por cierto, muchos interrogantes a resolver. Por ejemplo, hacia cuál de las coaliciones políticas enfilará la CGT, que parece decidida ahora a jugar un rol opositor más definido, en vistas de las consecuencias de las políticas oficiales y las demandas de sus bases, o bien si, tal cual es la pretensión de Cambiemos, resulta posible articular una lista peronista alineada con el gobierno, que permitiera restar algunos puntos a las opciones del FPV y del FR.

El escenario, como se ve, está abierto y expectante. Y está claro que lo que es en juego es mucho más que un simple recambio de representantes.

Alberto Lettieri exclusivo para Cadena BA. 04/02/2017

Doctor en Historia, Ex Director Académico del disuelto Instituto de Revisionismo historico Manuel Dorrego, Prof. Tit. UBA, Investigador Conicet, Escritor. 




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