17-10-2017
"La grieta de los 'Pelotudos'”
Por Alberto Lettieri (Historiador) @albertolettieri
Las contradicciones culturales: el caplitalismo y los lazos sociales

Cuatro décadas atrás, el Sociólogo Daniel Bell publicó su libro "Las contradicciones culturales del capitalismo", donde exponía una tesis sencilla y contundente: en tanto las sociedades contemporáneas -y las sociedades occidentales en general- necesitan desarrollar una cualificación de la ciudadanía y definir objetivos asociados a un cierto paradigma de "bien común" o de "bienestar general", a fin de consolidar los lazos sociales, la profunda desigualdad imperante y la fragmentación de valores y proyectos compartidos operan, generalmente con mayor efectividad, en un sentido inverso. En efecto, ¿cómo sería posible atraer a las clases subalternas a volcar sus esfuerzos y energías tras de un proyecto social del que no participan, o directamente los excluye?

O, a la inversa, ¿cuál sería la razón para que los ganadores dentro del reparto de bienes y jerarquías se involucren en un proyecto compartido, siendo que las condiciones actuales -y enfocado estrictamente desde la acumulación de capital material y simbólico- resultan las más adecuadas para sus intereses?

Hace dos siglos, Alexis de Tocqueville había dado una respuesta a este dilema a través de su categoría "interés bien entendido". Extrapolada al presente, significaría que, aún cuando el proceso de individuación y maximización de beneficios característica del sistema capitalista conduzca a pensar que la participación pública o el impulso de acciones en beneficio del bien común implicarían una pérdida injustificada de tiempo y de energías que podrían ser volcadas al enriquecimiento, resultaría necesario garantizar ciertas lealtades en el plano de lo político-estatal a los fines de evitar la enajenación de los bienes propios a manos del Estado, o bien de contribuir a la creación de anticuerpos contra el desarrollo ilimitado de la violencia, la corrupción, la drogadicción, etc., a los fines de garantizar las condiciones indispensables para la protección de la vida y de la propiedad.

No fue, por cierto, Tocqueville, desde su pragmatismo a ultranza, el único en reflexionar sobre estas contracciones que atraviesan a las sociedades des-sacralizadas, ya que en aquellas otras donde no existía un división entre Estado y religión la preservación del lazo social y la atemperación o naturalización de las contradicciones y las desigualdades estaban a cargo de un poder religioso investido de atribuciones políticas.

Ya desde los tiempos de los griegos y los romanos, se había recurrido al concepto de "religión civil" para cohesionar a la comunidad política, apelando a una síntesis particular y específica en cada caso que apuntaba a otorgarle una entidad trascendente a las construcciones civiles y políticas -instituciones, estructura social, sistema político, formas de participación, asignación de roles sociales, etc.-, colocándolas bajo la protección de mitos, dioses o héroes fundadores que se ubicaban de manera imprecisa entre la historia y la leyenda. La Guerra de Troya, la Leyenda de Rómulo y Remo o, más adelante, la invocación a la protección de Dios en la moneda norteamericana -con la frase "in God we trust"-, se cuentan entre los ejemplos más conocidos. Las religiones civiles, de este modo, permiten definir la parte religiosa de la vida política de sociedades secularizadas, y sirven como insumo esencial para la definición de un cierto "modo de vida" paradigmático capaz de desactivar o postergar las contradicciones y desigualdades, colocando en el afuera -el "otro", el "enemigo", aquel que amenaza su reproducción y una abstracta felicidad compartida- las razones que justificarían la tolerancia de las diferencias e inequidades internas.

Nicolás Maquiavello, por caso, en el Siglo XV, consideró como un insumo esencial para la construcción de la república romana moderna el desempolvamiento del relato mítico de la Leyenda de Rómulo y Remo, al advertir que la cohesión cultural resultaba el sedimento indispensable para edificar el nuevo andamiaje político italiano. Jean-Jacques Rousseau, a mediados del Siglo XVIII, dedicó un segmento de su Contrato Social, tras poner en duda si los hombres, devenidos en ciudadanos de una comunidad política, estarían dispuestos a cumplir con ese pacto, por lo que recomienda apelar a la construcción de una religión civil que los provea de una fe compartida y apuntale la vida civil. No se trata, por cierto, de una religión tradicional, que los vincularía directamente con Dios o con los Dioses, sino una religión civil, que lo incluye y crea lazos de pertenencia con la polis.

En un sentido similar se expresaron los Padres Fundadores de los EEUU: la construcción de una sociedad civil donde el componente religioso resulta esencial para garantizar su cohesión y un pretendido "modo de vida", sumado a un componente de "predestinación" inspirado en el relato bíblico del pueblo elegido. Nótese, por ejemplo, que la leyenda "In god we trust" -"confiamos en Dios"- se utilizó inicialmente en las monedas de dos centavos en 1864, en el marco de la definición de la Guerra de Secesión, y posteriormente se aplicó a monedas y billetes de otra denominación, hasta que recién en 1956 se aprobó como lema nacional.

La grieta tradicional

En nuestro país, el peronismo clásico recurrió al concepto de "Comunidad Organizada" para justificar su propuesta de igualación social, democratización real de la vida política e inclusión de los desposeídos, utilizando en este caso un concepto de clara raigambre cristiana. En este caso, la construcción mítica estuvo asociada a la implementación de políticas concretas que la apuntalaban, pero la empresa no consiguió su aceptación por parte de los sectores opositores, que consideraban a este nueva propuesta de paradigma cultural o religión civil como nocivo para sus intereses particulares. Es por ese motivo que, una vez pronunciada la grieta en nuestro país a principios de la década de 1950, el fracaso de la iniciativa de construcción de una religión civil capaz de incluir al conjunto de la ciudadanía dentro de una matriz cristiana y solidaria puso en confrontación a dos definiciones culturales, una de la cuales se basó en la fallida iniciativa de construcción de una nueva religión civil -acotada al peronismo- bajo el amparo de la sacralización popular de Evita -"Santa Evita"- o la definición de que el peronismo es, ante todo, un "sentimiento", en oposición al preexistente paradigma civilizatorio basado en la contradicción entre "civilización y barbarie", que pretende asociar a nuestra cultura a un modelo eurocentrista y norteamericano. En este último paradigma han coincidido reiteradamente sectores acomodados, liberales, socialistas y la izquierda internacionalista.

De este modo, la disputa entre peronismo y anti-peronismo no fue únicamente una confrontación política y económica, sino fundamentalmente cultural, entre dos proyectos de país sustentados sobre construcciones culturales contrapuestas. El péndulo entre dictaduras y elecciones condicionadas primero, los vaivenes de la república recuperada a partir de 1983 después, demostraron la capacidad de veto que podía ejercer cada alternativa, pero también sus limitaciones al momento de tratar de imponer definitivamente su hegemonía.

En el marco de esa disputa histórica, el peronismo demostró una llamativa habilidad para apropiarse de caracterizaciones pretendidamente agraviantes del adversario -"cabecitas negras", "aluvión zoológico", "negros de mierda", "villeros", etc.-, y resignificarlas como categorías identitarias positivas y banderas de lucha.

La grieta de los "pelotudos"

En los últimos días, se ha viralizado el término "pelotudo" en las redes sociales, los medios y hasta en la vestimenta, como conceptualización de la identidad kirchnerista. Ringtones, remeras, flyers y hasta una cumbia lo han consagrado, y la frase "trátame como pelotudo", o "soy un pelotudo" se ha multiplicado de manera exponencial en la web y en el trato social.

Claro que no es oro todo lo que reluce. En primer lugar, para aquellos que pretenden equiparar esta nueva definición identitaria del kirchnerismo con las de "villeros", "negros de mierda", etc., debe destacarse que, en tanto aquellas definiciones fueron utilizadas de manera denostativa por la oposición para calificar al sujeto social peronista, el concepto "pelotudo" refiere al trato que la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner dispensaba a uno de sus allegados más cercanos. No hay aquí, entonces, apropiación de un concepto ajeno y resignificación como bandera de lucha, sino un reclamo de buena parte de la feligresía cristinista por recibir un trato igualitario al de su ex ministro Parrilli. Así, en lugar de dirigirse "a todos y a todas" en sus próximas alocuciones, sus seguidores le reclamarían ser tratados como "pelotudos y pelotudas".

En segundo lugar, aparece una cuestión que no es menor, referida a una cuestión que no es menor. Imaginemos una situación en la cual en lugar de ser una mujer -en este caso CFK- la que interpela como "pelotudo" a un colaborador, hubiera trascendido una grabación donde fuese un actor masculino quien denominara como "pelotuda" a una mujer. ¿Cuál habría sido la respuesta de los movimientos y organizaciones que sostienen las reivindicaciones de género? Sabemos que cualquier crítica que se formule a CFK en las redes sociales es impugnada inmediatamente por sus seguidores, argumentando que toda impugnación a su accionar

político está fundado en cuestiones de género. "La critican porque es mujer" -se sostiene a pie juntilla, sin darse cuenta de que, justamente al pretender proteger a las acciones y decisiones políticas de una mujer apelando a razones de género se retrocede en lugar de avanzar en las justas reivindicaciones reclamadas. ¿Cómo funciona una democracia en la cual las acciones políticas no pueden ser puestas en cuestión cuando las realizan las mujeres o las minorías culturales?

En cualquier segmento de nuestra sociedad es habitual el pelotudeo o el boludeo, trato que confunde generalmente a los extranjeros que encuentran dificultades para comprender cuándo se utiliza como agravio y cuando como valoración amistosa. Resultaría absurdo, por cierto, cargar las tintas sobre la ex presidente por utilizarlo. El problema son, una vez más, ciertas agrupaciones y actores que tantos flacos favores le han hecho, sobre todo a partir de la muerte de Néstor Kirchner, promoviendo el faccionalismo interno y la utilización sistemática de consignas tribuneras que sólo contribuyeron al agotamiento de un proyecto político y a su derrota electoral. En este sentido -y esto resulta cada vez más evidente a partir de 2010-, el cristinismo ha pretendido construir nuevas alianzas e identidades políticas en las que el peronismo quedaba marginado, era tratado despectivamente o tratado como furgón de cola. De hecho, es posible advertir la complejización de la tradicional grieta cultural y política que diferenciaba a peronistas y anti-peronistas, con la aparición de otras. Por ejemplo, la que sirve de parteaguas entre cristinismo y peronismo o, en los términos de la nueva definición identitaria, entre peronistas y pelotudos.

Es muy difícil imaginar un futuro de buenaventura bajo el liderazgo de una fuerza política compuesta por actores que se sienten "orgullosamente pelotudos", y que reclaman un trato en esos términos de parte de su Jefa. ¿Se tratará del inicio de la tan reclamada y siempre postergada autocrítica? Espero que sólo sea una definición provisoria, que rápidamente deje lugar a propuestas programáticas e intervenciones más serias, en un momento tan crítico como el que atraviesan nuestro país y el mundo en general.

Seguramente este dislate no sea sino una consecuencia más de las contradicciones propias del capitalismo actual. Y allí radica el principal problema. Existe cierto consenso entre los intelectuales respecto de que esa contradicción encuentra dos vías posibles de solución: la más deseable, y la menos probable, pasa por impulsar iniciativas y prácticas que permitan avanzar en términos de justicia social. La segunda, en promover nuevas o renovadas religiones civiles, que permitan naturalizar o posponer la conflictividad social apelando a un pasado mítico o una comunidad de destino, y cargando las responsabilidades sobre un enemigo empecinado en destruir nuestro modo de vida y nuestros derechos más elementales. En esta alternativa, la construcción de la representación social del militante k como "pelotudo" y el impulso de un debate indispensable sobre actualización doctrinaria del peronismo parecen ubicarse, claramente, en las antípodas.

Alberto Lettieri exclusivo para Cadena BA. 29/01/2017

Doctor en Historia, Ex Director Académico del disuelto Instituto de Revisionismo historico Manuel Dorrego, Prof. Tit. UBA, Investigador Conicet, Escritor. 




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