17-10-2017
"¿El compañero Donald Trump?"
Por Alberto Lettieri (Historiador) @albertolettieri
Un día gris, frío y lluvioso sirvió como marco para la asunción de Donald Trump como 45vo. Presidente de los Estados Unidos. Sin sorpresas, sin golpes bajos, reafirmando muchos de los puntos programáticos que lo llevaron a la victoria electoral, suavizando algunas afirmaciones efectistas. Dijo, en suma, lo que todos esperábamos que dijera. Sin medias tintas.

Consciente de que su victoria fue una de las demostraciones más contundentes de la bronca social acumulada a lo largo del planeta por las consecuencias sociales y económicas de la globalización, Trump insistió en transitar ese modelo de la llegada, del ciudadano que irrumpe dese más allá de la fronteras de la política, para ponerse al hombro la tarea de regenerar a la sociedad y arrasar con el contubernio entre establishment, políticos instrumentales para los intereses más concentrados y minorías sociales y culturales beneficiadas a partir de un discurso pretendidamente progresista, que sirve como máscara para legitimar la concentración de la riqueza, la exclusión social y la destrucción de la cultura del trabajo.

Trump salió a decir lo que tenía que decir. Sin medias tintas. Fue breve y contundente, y reafirmó un mensaje y un programa de gestión, populista para algunos, demasiado voluntarista para otros, pero que, en síntesis, expresa las expectativas de amplios segmentos de la sociedad norteamericana que supieron conocer épocas gloriosas, y que sólo experimentaron retrocesos en las últimas décadas. Fueron "invisibles" desde las alturas del políticamente correcto Obama y la políticamente miope Hillary Clinton. Clases medias, trabajadores industriales del "cinturón oxidado", con sus fábricas cerradas y trasladada a otros puntos del planeta donde la globalización generaba condiciones de sobreexplotación excepcional de los trabajadores, con pagos en negro, convenios laborales inexistentes o incumplibles, y niveles de consumo miserables..

Con el imperturbable Obama como testigo, Donald Trump tomó el micrófono y disparó: "Regresamos el poder al pueblo". Y para que no quedaran dudas sobre su evaluación de la gestión de su predecesor, agregó inmediatamente: "Estamos unidos en un gran esfuerzo nacional para reconstruir nuestro país y restaurar su promesa para todo su pueblo. (…) Estamos transfiriendo el poder de Washington de vuelta a ustedes, el pueblo. Por mucho tiempo, un grupo pequeño de la capital ha estado obteniendo recompensas mientras el pueblo pagaba los costos. Los políticos prosperaron pero los empleos se marcharon, las fábricas se cerraron. Todo eso cambia, empezando aquí y ahora"

Aún proviniendo del mundo empresarial, el nuevo Presidente norteamericano siempre tuvo en claro la frustración social que generaba la ecuación de la globalización, relanzada por Obama: empresarios y políticos multimillonarios en el marco de una sociedad cada vez más pobre. Un orden mundial donde los ganadores apenas superan la media centena de familias, y varios miles de millones sufren las consecuencias, legitimados por un relato fundado en los valores democráticos y la misión histórica de los EEUU que terminó por convertirse en pura ideología, por mera contraposición con los datos que emanan de la sociedad real. Por eso recalcó que los "triunfos" del establishment "no fueron del pueblo", y convocó a romper el círculo de hierro que garantizó el predominio de la minúscula Washington por sobre el resto del país. "Lo que realmente importa -disparó- es que el gobierno esté controlado por el pueblo". Pero fue aún mucho más allá: "Hay madres e hijos atrapados en pobreza, fábricas cerradas como tumbas en toda nuestra nación, y el crimen se ha llevado mucha vidas. Esta matanza se detiene aquí en este momento, y ahora mismo"

Luego avanzó sobre dos ejes centrales de su programa, el aislacionismo y el proteccionismo. Muchos de sus críticos, maliciosamente, trataron de presentar a Trump como un exponente de la pre-posguerra, como un nacionalista previo a la fundación de la ONU, refractario al papel de gendarme mundial asumido por los EEUU a partir de entonces, con grandes beneficios para los menos y altos costos para la mayoría. Quizá su modelo de organización mundial esté más acorde con el de la Sociedad de Naciones que emergió de la Primera Guerra Mundial, con los EEUU apuntando al desarrollo de su potencial interno y su expansión orientada hacia su denominado "patio trasero" más inmediato (México, Caribe y América Central) con una presencia financiera,

ecónomica y cultural efectiva a lo largo del planeta que los ponía a salvo de las tensiones belicistas que abrevaron en la Segunda Guerra Mundial. Una influencia sin exposición militar permanente, que les aseguraba beneficios con mínimos costos y una influencia decisiva, como lo demostraría, por ejemplo, el efecto mariposa que desató la Crisis del 29 y la Depresión de los 30.

Pero el mundo actual no es el de entonces, y si algo ha demostrado Donald Trump y su entorno es su manifiesto pragmatismo. Aprender del pasado sin aferrarse religiosamente a él. Más allá de sus preferencias, más de 7 décadas como gendarme mundial han sumado tensiones, amenazas y desafíos, buena parte de ello consecuencias de las propias políticas exteriores norteamericanas. Durante muchos años "hemos defendido las fronteras de otros países sin proteger las nuestras". Se han gastado millones en sostener las Fuerzas Armadas de otros países, en perjucio de las propias, afirmó, para luego asegurar que "Vamos a buscar buena voluntad con los países del mundo pero poniendo en primer lugar nuestros intereses". Y para que no quedaran dudas, ratificó su decisión de mantener la lucha sin cuartel contra el terrorismo islamista, al que prometió "erradicar de la faz de la tierra".

Quizá por cálculo, quizá por comprender que las razones políticas que alimentaban la agresiva protesta de demócratas derrotados y minorías culturales preocupadas por su propio futuro, fue llamativa la ausencia de latinos y de afro-descendientes entre quienes, mediantes consignas y acciones agresivas pretendían desconocer el mandato de las urnas. Quizá también porque, más allá del temor que pretendió infundir el establishment mediático, la inmensa mayoría de la sociedad norteamericana no crea que algunas declaraciones de Trump hayan sido mucho más que exabruptos efectistas lanzados en medio de una disputada campaña electoral. La mayoría de ellos son víctimas de la globalización, de la crisis de las hipotecas de 2008, de la política falsamente progresista de Obama, que deportaba a un promedio de 800 personas por día, mientras aparentaba escandalizarse por el discurso anti-inmigratorio de Trump. Quizá porque, aún con el progresista Obama, mientras los afrodescendientes de los EEUU representan el 12,2 % de la población, comportan el 28,6% de la población carcelaria. También a esas minorías se dirigió el nuevo presidente al resaltar que "Seamos marrones, blancos o negros, por las venas de todos corre la misma sangre patriota".

"Washington mejoró -destacó-, pero el pueblo no compartió sus riquezas. Los políticos prosperaron, pero los empleos desaparecieron. Las victorias de los gobiernos no han sido de ustedes, mientras ellos celebraban en la capital, las familias no tenían mucho por celebrar en todo el país. Todo eso cambia, aquí y ahora. Este es su momento". Y en este aspecto, el económico, que junto con el mediático son los que mejor maneja y que, en definitiva, lo han consagrado y le han abierto las puertas de la presidencia norteamericana, Donald Trump expuso con claridad y contundencia, una vez más, su receta. Esa que muchos quisieran ver reflejada en los programas de sus propios gobernantes a lo largo del planeta. La consigna: "Los Estados Unidos primero". A continuación las reglas de juego: "Vamos a seguir dos reglas sencillas: compren productos estadounidenses y contraten a los estadounidenses". Luego agregó: "Las fábricas se fueron de nuestras tierras sin pensar en los empleados estadounidenses, la riqueza de la clase media le fue quitada y distribuida por todo el mundo. Traeremos de vuelta los empleos, nuestras fronteras, nuestra riqueza. Cada decisión sobre comercio, impuestos e inmigración, asuntos extranjeros, se tomará para beneficiar a los trabajadores estadounidenses, para defender a nuestras fronteras. La protección va a llevar a más prosperidad. Lucharé con ustedes con todas mis fuerzas y nunca, nunca los voy a decepcionar. EEUU va a empezar a ganar otra vez."

El programa económico de Donald Trump se completa con una serie de medidas que parecen extraídas del primer peronismo, "el de Perón" -proteccionismo, política industrial y obra pública, generación de empleo digno, elevación de la capacidad de compra de los salarios, disminución de los impuestos a las empresas comprometidas con el desarrollo nacional, protección de los productores nacionales, etc.- combinadas con un gesto hacia sus pares del mundo empresarial: la eliminación de las regulaciones. Para eso tendrá que terminar de convencer a los halcones del Partido Republicano de abandonar sus sacrosantas prevenciones contra el déficit público, tan habitual en la administración de Obama, para conseguir la aprobación del plan de obras públicas más ambicioso que se recuerde en los EEUU desde los tiempos del New Deal. Una ambición ampliamente compartida por buena parte de la sociedad norteamericana desesperada por salir del pozo. Tampoco hubo dardos explosivos contra México, de esos que tan generosamente disparó hasta la víspera. Menos aún referencia alguna a la construcción de ese muro que en realidad ya está levantado desde hace

décadas, y que la administración Obama sólo incrementó mientras divulgaba su discurso progresista y presuntamente integrador. Trump tiene muy en claro que no podrá hacer tabla rasa con el pasado, que hay datos concretos de la economía y política internacional que no podrán eliminarse de un día para otro ni por simple voluntarismo. También tiene en claro las consecuencias concretas de la globalización y el Estado de Naturaleza que ha generado a escala mundial, con sus sombrías perspectivas para el futuro inmediato.

Ya el Papa Francisco ha denunciado con preocupación y sin demasiado eco que "El mundo está en guerra. Hablo en serio de una guerra, una guerra de intereses, por dinero, por los recursos de la naturaleza, por el dominio de los pueblos. Pero no es una guerra de religiones, porque todas las religiones quieren la paz." Esa guerra abonada por la síntesis entre falso progresismo y concentración económica, por aquellos que ahora presentan a Trump como el Anti-Cristo luego de haber disfrutado de las mieses del Averno.

Quizá por ese motivo nuestro Papa se extendió en su salutación de forma al nuevo Presidente norteamericano, para expresarle sus buenos deseos: "En un momento en que nuestra familia humana está acosada por graves crisis humanitarias que exigen respuestas políticas unitarias y con visión de futuro, rezo que sus decisiones estén guiadas por los ricos valores espirituales y éticos que han formado la historia del pueblo estadounidense y el compromiso de su nación para la promoción de la dignidad humana y la libertad en todo el mundo".

Recuperación del empleo, redistribución de la riqueza, privilegio de lo nacional, obras públicas, mayor prescindencia en el plano internacional, desarrollo social, recuperación de la industria, incremento salarial, disminución de la voracidad impositiva estatal, abandono del relato ideológico del falso progresismo, severa modificación de las reglas de juego de la globalización, atemperación del discurso racista, recuperación de la ética del empleo y de la producción, seguridad .Un discurso que muchos descalificarían como "populista" y otros como "fascista", a falta de argumentos concretos para impugnarlo sin exponer los verdaderos intereses que los inspiran. También -es necesario reconocerlo- se trata de un programa largamente esperado por buena parte de la sociedad norteamericana y que, de concretarse en los próximos meses, despojado de su sesgo racista y discriminatorio -sentido en el que Trump dio ayer sus primeros pasos-, podría enamorar a las mayorías y tal vez exportarse por mero influjo cultural imperial al resto del planeta.

Unos meses atrás, Frank Underwood intentó en la ficción imponer su "América Trabaja", pero fracasó en su apuesta. ¿Lo conseguirá ahora Donald Trump?

Alberto Lettieri exclusivo para Cadena BA. 22/01/2016

Doctor en Historia, Ex Director Académico del disuelto Instituto de Revisionismo historico Manuel Dorrego, Prof. Tit. UBA, Investigador Conicet, Escritor. 




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