25-05-2017
"José de San Martín o el pragmatismo bien entendido"
Por Alberto Lettieri (Historiador) @albertolettieri

Hace 200 años, el 31 de diciembre de 1816, el General José de San Martín concluyó la organización del Ejército Libertador. Eran 3778 efectivos, 14 jefes y 96 oficiales, dispuestos a acometer la fabulosa empresa de garantizar la Independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica y esparcir la libertad por toda América del Sur.

Su formación militar sólida y ascética no fue en desmedro de un sólido andamiaje intelectual. La síntesis entre su pasión por la lectura, la constante reflexión sobre los procesos históricos  y políticos, y su llamativa capacidad para leer los procesos sociales que le eran contemporáneos constituyó una amalgama signada por el pragmatismo y el compromiso con los ideales de la soberanía, la libertad y la convivencia entre grupos culturales y étnicos diferentes.

Responsable primordial de la proclamación de la Independencia  en Tucumán, valiéndose de todos los medios a su alcance para ejercer su presión sobre los tímidos y débiles de espíritu, no desatendió la necesidad de llegar a un acuerdo con Artigas y los pueblos que reconocían su protectorado para integrar, en sólida fusión, a los dos segmentos del Plata que habían manifestado su voluntad independiente y soberana en 1815 y 1816.

Pragmático al extremo en las formas, aunque remiso a las concesiones en cuanto a objetivos, consideró por entonces que una Monarquía Constitucional sería la mejor forma de gobierno para las Provincias Unidas, por dos razones fundamentales: la primera, porque era la forma de gobierno emergente en Europa tras la derrota de Napoleón Bonaparte; la segunda, porque creía que ella permitiría garantizar un cierto orden político, para prevenir el mal que más temía: la anarquía y la disgregación americanas, caldo de cultivo para la resignación de la soberanía y la instalación de nuevos protectorados o imperios europeos en nuestro continente. 

Sin embargo, a poco de andar tuvo la amarga confirmación de que los intereses particulares y grupales forjados en los tiempos coloniales contaminaban las mentes y las acciones de muchos americanos, dispuestos a sacar rédito para su peculio aún a costas de resignar la soberanía y la unión continental. También la vocación de protagonismo de algunos líderes revolucionarios se convertía en escollo para llevar la tarea libertadora a buen puerto. Desilusionado y perseguido, con su propia vida amenazada por los unitarios porteños, el Libertador de tres naciones americanas debió emprender el camino del exilio, triste recompensa compartida con muchos otros compatriotas que osaron poner en marcha un orden más justo y soberano.

El triste epílogo que recibía su gesta americana no alcanzó, sin embargo, para mellar su carácter ni su determinación. Apelando al pragmatismo, concluyó en que las formas de gobierno no eran un fin en sí mismo, sino un instrumento para alcanzar el objetivo deseado: la independencia y la plena vigencia de la soberanía yde la libertad en América. Por esa razón bendeciría  cualquier forma de gobierno que garantizara esos objetivos sería apropiad, sobre todo en los momentos en que la ofensiva europea por imponer un nuevo vínculo colonial o semi-colonial se expresaba de manera manifiesta, con el apoyo de unitarios y liberales en tierras rioplatenses.

Por esa razón es que un San Martin más maduro y reflexivo bendeciría  el armado confederal liderado por Juan Manuel de Rosas, desechando sus antiguas resistencias sobre el federalismo. Y no sería una decisión velada, sino pública y explícita, tal como lo demuestra su testamento de la decada de 1830, en donde dispuso que "El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido, al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataron de humillarla". Esta convicción sería reafirmada en la década siguiente, en el marco de la Guerra del Paraná,  en carta a Federico Dickson, Cónsul General de la Confederación Argentina en Londres.: "Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside la República Argentina; nadie ignora el ascendiente muy marcado que posee sobre todo en la vasta campaña de Buenos Aires y resto de las demás provincias; y aunque no dudo de que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido de que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero, ello es que la totalidad se le unirán y tomarán una parte activa en la actual contienda: por otra parte, es menester conocer (como la experiencia lo tiene ya demostrado) que el bloqueo que se ha declarado no tiene en las nuevas repúblicas de América (sobre todo en la Argentina) la misma influencia que lo sería en Europa". En este caso llegaría a  ofrecer sus servicios personales para defender la causa de la independencia, amenazada por las potencias extranjeras y sus aliados unitarios y liberales locales, en carta dirigida al

 "Excmo. Sr. Capitán general, presidente de la República Argentina, D. Juan Manuel de Rosas.

"Nápoles, 11 de enero de 1846: Mi apreciable general y amigo:
En principios de noviembre pasado, me dirigí a Italia con el objeto de experimentar si con su benigno clima recuperaba mi arruinada salud; bien poca es hasta el presente la mejoría que he sentido, lo que me es tanto más sensible, cuanto en las circunstancias en que se halla nuestra patria, me hubiera sido muy lisonjero poder nuevamente ofrecerle mis servicios (como lo hice a usted en el primer bloqueo por la Francia); servicios que aunque conozco serían inútiles, sin embargo demostrarían que en la injustísima agresión y abuso de la fuerza de la Inglaterra y Francia contra nuestro país, éste tenía aún un viejo defensor de su honor e independencia; ya que el estado de mi salud me priva de esta satisfacción, por lo menos me complazco en manifestar a usted estos sentimientos, así como mi confianza no dudosa del triunfo de la justicia que nos asiste. Acepte usted, mi apreciable general, los votos que hago porque termine usted la presente contienda con honor y felicidad, con cuyos sentimientos se repite de usted su afectísimo servidor y compatriota".

Cierto es que, por formación militar y por convicción personal, San Martin era partidario de la centralización del mando, pero esta podría obtenerse tanto en el marco de una monarquía como de una confederación de antiguo cuño, como la Argentina. El punto es que, ya advertidos sobremanera por el Libertador los peligros que entrañaba el unitarismo para la soberanía e independencia nacionales, tomó la determinación de respaldar a aquel proyecto político que privilegiaba en su programa la defensa de la Patria. No era algo nuevo: ya se había negado a intervenir en la represión de la ofensiva de los caudillos del Litoral en el Año XX, ante la convocatoria del Directorio, argumentando que no habría  de derramar sangre de hermanos, aunque unos años después no hesitaría en retornar al Rio de la Plata al enterarse de que Dorrego ha sido designado Gobernador Porteño. Sin embargo, al arribar al puerto de Montevideo se enteraría del asesinato del mártir porteño, y allí nuevamente demostraría su desprecio por el proyecto unitario, al responder con una contundente negativa al ofrecimiento de Lavalle de ponerlo al frente del  Poder Ejecutivo porteño.

Mucho podríamos reflexionar sobre el General San Martín, y de hecho lo seguiremos haciendo. Sólo me interesaba en este fin de año levantar la copa y recordar en estas horas difíciles a este compatriota que con su entrega y sacrificio nos marcó un sendero y un compromiso en defensa de nuestra soberanía y nuestra libertad, y cuyas enseñanzas, lamentablemente, son ignoradas demasiado a menudo.

Alberto Lettieri exclusivo para Cadena BA. 31/12/2016

Doctor en Historia, Ex Director Académico del disuelto Instituto de Revisionismo historico Manuel Dorrego, Prof. Tit. UBA, Investigador Conicet, Escritor. 




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