14-12-2017
"Argentina 'a la deriva'"
Por Alberto Lettieri (Historiador) @albertolettieri

Cada fin de año nos sentimos tentados a formular un balance sobre nuestro desempeño individual y social. Quizá no sea el mejor momento. Quizá estemos un poco susceptibles o demasiado predispuestos a la adjetivación sencilla. Por eso no intentaré hacerlo ahora. Tampoco es el momento de ensayar largas explicaciones. Simplemente, me limitaré a formular unas pocas reflexiones, que marcarán seguramente la agenda del año próximo.

¿Cambiamos? Y si es así, ¿en qué cambiamos respecto de un año atrás? El candidato Mauricio Macri había prometido conservar los bueno que se había hecho, y modificar lo malo. Salvo para una pequeña minoría para la que se ha gobernado sin pudor, la Argentina es hoy más pobre, más ordinaria y genera mayores incertidumbres respecto de su futuro. La promesas electorales sólo se han cumplido en la medida en que beneficiaran a pequeños grupos concentrados: se quitaron las retenciones, se benefició a las empresas mineras, a las energéticas, y a la mayoría de las competidoras de las empresas estatales y de nuestras pymes. La apertura de las retenciones ha dado un golpe letal a la producción nacional, no sólo de manufacturas, sino también de frutas y verduras. El consumo ha caído de manera inédita, producto de la combinación entre alta inflación, devaluación monetaria y gravísimo retraso salarial. Mientras tanto, la Revolución de la Alegría fue cancelada, el impuesto al salario no fue derogado sino maquillado, y modificada su denominación, los prometidos créditos hipotecarios sólo están al alcance de la misma minoría privilegiada, que obtiene sus beneficios sin necesidad de transpirar. La timba financiera, como en el extenso período que va de 1976 a 2001, se ha convertido en la gran industria nacional. El que trabaja pierde. Difícil construir una sociedad, o reformarla, sobre pilares tan endebles.

Se han perdido puestos de trabajo por decenas de miles, y la ambigüedad sobre el futuro y el temor a ser incluidos en la creciente matrícula de los desocupados afecta a la mayoría de la población. Otros ya se han resignado a no tener, ni nunca lo conseguirán. El plan de transferencia de recursos, despojando a las mayorías en beneficio de unos cuantos, ha sido por demás exitoso. Incluso las cosas que "debían hacerse", como la solución a la querella de los fondos buitre, se han hecho muy mal para los intereses de la Nación, y en un año la deuda externa se incrementó en más de U$D 40.000 millones, un cifra prácticamente sin precedentes en la historia contemporánea mundial.

Sin embargo, pese a todas las muestras de la eficiencia desplegada en beneficio de una minoría privilegiada -todos los indicadores económicos son muy negativos, con excepción de la inflación-, esos mismos beneficiarios manifiestan sus dudas sobre el futuro de Cambiemos. El argumento de la "pesada herencia recibida", no es creíble ni siquiera para quienes lo utilizan. El gobierno de Cambiemos no enamora. No tiene tramado político, sus contradicciones internas y pujas de intereses amenazan la gobernabilidad a cada paso, y la oposición -fragmentaria y diletante- cede a cada paso con la excusa de garantizar la gobernabilidad, aún cuando las pocas veces que se ha puesto firme ha hecho recular sin esfuerzo las iniciativas confiscatorias que emanan del Gobierno Nacional.

Había que hacer cambios, y muchos, pero seguramente ninguno de los que se implementó, si miramos la cuestión desde el lado de las grandes mayorías argentinas. La política energética, el manejo de las relaciones exteriores, el blanqueo y las políticas financieras, las denuncias procedentes de los Panamá Papers, la falta de garantía a los DDHH, etc., se incluyen en una extensísima lista que abochorna a nuestra Patria en lo interno y en el contexto internacional.

¿Y la grieta? Tampoco allí hemos retrocedido. El odio social ha sido cultivado, por cálculo o por impericia, a través de agresivas intervenciones de las autoridades que desvalorizan a las mayorías debido a su pobreza. "Dos pizzas", "estaban acostumbrados a tener un estilo de vida demasiado lujoso para su situación social", etc.

Cambiemos no consigue seducir a la sociedad, por diversas razones. Para algunos, porque trasunta un sesgo de clase impropio para la sociedad argentina. También por sus contradicciones insostenibles entre el ala política y el ala económica, por la implementación de una política económica esquizofrénica, producto de la falta de unidad de mando. 

Finalmente, porque a los ojos de propios y extraños, parece carecer de una hoja de ruta, de un plan consistente, más allá de gobernar en beneficio de unos pocos, y ceder ante cualquier presión con un mínimo grado de organización. Por eso no ha disminuido el gasto público. Por eso se endeuda de un modo inédito para garantizar el orden social, aunque quede en claro que esa política sólo podrá sostenerse mientras el flujo de dólares se mantenga, cosa que pone en cuestión la inminente asunción de Donald Trump. ¿Endeudarse para qué? Para alimentar a la bicicleta financiera de Lecops, bonos y dólares? ¿Para incrementar la fuga de capitales al exterior? La obra pública está virtualmente paralizada, y no se ha realizado ninguna inversión productiva de relevancia.

Paradójicamente, la principal fortaleza del gobierno parece ser su propia inconsistencia, su debilidad extrema, sus contradicciones, que condenan a la sociedad a vivir en un internismo y un rosqueo permanente con las fuerzas de la oposición. ¿Qué celebraba la CGT en su brindis de Navidad con el Presidente Macri? ¿Cómo pudo reconvertirse el triunfo opositor en la media sanción del impuesto de las ganancias en un entendimiento viscoso que precedió a su modificación en Senadores y su consagración en Diputados? Esto sólo puede explicarse debido a lo que sí constituye la "pesada herencia" del cristinismo: la fragmentación extrema del campo popular, los odios y rencores generados durante los últimos años de ese gobierno, y la escasa predisposición a volver a confiar en quienes administraron el poder con criterio faccioso cuando les tocó hacerlo.

La grieta aparece por todos lados. La Justicia se ha vuelto un botín de disputa política y económica, y tal vez el brazo ejecutor más sólido del actual gobierno. Sin embargo, también allí el internismo ha marcado su huella, y sólo se ha potenciado la desconfianza que experimenta la sociedad hacia la administración de justicia. Tal vez no es más ni menos censurable que en el pasado: el problema es que ahora las contradicciones y posicionamientos políticos no tratan de ser ocultados.

En esta situación tan crítica, en una Argentina donde el lazo social está seriamente dañado, el llamado a la tolerancia y a la reconciliación que realiza cotidianamente nuestro referente moral, el Papa Francisco, resulta indispensable, aunque algunos pretendan descalificarlo entreviendo tenebrosas motivaciones políticas. Sin reconciliación no hay futuro, pero es difícil reconciliarse si la iniciativa no se convierte en una clara y comprometida política de Estado. Ha habido algunos gestos en tal sentido de los sectores más democráticos de oficialismo y oposición, pero las alas más duras se han encargado de descalificarlos, al presentarlos como claudicaciones. Sin embargo, ese es uno de los caminos que debería transitarse con mayor empeño, si queremos comenzar a revertir la esquzofrenia y la agresividad que atraviesa a nuestra sociedad.

Es por esa razón, tal vez, que la figura de María Eugenia Vidal ha registrado un crecimiento sorprendente en el último año, verificando un movimiento exactamente inverso al del Presidente Macri. La Gobernadora se ha ubicado en una especie de tercera posición, entre Cambiemos y el peronismo, y que despierta tantas expectativas, incluso en el ámbito de las organizaciones sociales y religiosas. Con muchos puntos aún en el debe, su gobierno ha demostrado una llamativa "muñeca política", ha sabido negociar y distribuir como política de Estado, y no únicamente como respuesta al temor generado por la protesta de grupos organizados. Por cierto que hay muchos temas pendientes. Por cierto es que su éxito sólo puede explicarse a través de una correcta lectura de las líneas de fractura del peronismo provincial, y su habilidad para designar a sus colaboradores, algo que en el Gobierno Nacional se ha dejado librado, en general, a la capacidad de presión de las corporaciones.

En las Cámaras Nacionales, la oposición peronista, en sus diversas vertientes, se ha puesto al hombro la tarea de legislar y marcarle un cierto rumbo a un Gobierno que, cuando lo dejan actuar sólo, parece decidido a colocarnos un paso más al borde del abismo cada día. Tarea ingrata, por cierto, ya que, en muchos casos, gestos y renunciamientos patrióticos han sido adjetivados como connivencia o traición, curiosamente por quienes deberían dar muchas explicaciones en esos terrenos. De parte del radicalismo, socio minoritario y desplazado de la alianza Cambiemos, sólo se advierte una profundización de su conflicto identitario secular, y navega entre la necesidad de justificar las políticas del Gobierno Nacional para seguir recibiendo las migajas de la administración, o bien tomar distancia para reinsertarse en la línea nacional que le marcaran Yrigoyen o Alfonsín. El socialismo, en tanto, se ha convertido en una fuerza provincial santafesina de ambiguo futuro, y el resto de las opciones son más ruidosas que significativas políticamente.

De todas maneras, no es el momento del pase de factura: el mundo está cambiando, y la Argentina también. El problema es que nuestro país está verificando esos cambios en el sentido menos conveniente para la nueva configuración internacional. En tal sentido, la decisión de resignar la inversión en Ciencia y Educación, la primera de las cuales debió recular ante la ejemplar organización de la comunidad científica, parece definir un programa de gobierno que nos acerca más a Haití que a Noruega.

Por estas razones, la reflexión de fin de año no puede ser optimista. El barco de la Argentina está a la deriva. Hasta hace un año, y más allá de dudas y objeciones, se contaba con un plan de travesía. Desde que asumió Mauricio Macri, el plan parece simplemente consistir en sobrevivir, evitar el incendio, y redistribuir riqueza y generar negocios excepcionales para grupos minoritarios enquistados en la administración, sin preocuparse por los costos que pudieran significar para un futuro nuevamente hipotecado. Por eso encaramos el año próximo, atravesado por la competencia electoral y los cambios inevitables en el contexto internacional que disparará como efecto mariposa la asunción de Donald Trump, con expectativas bastante acotadas. Será sin dudas un año duro, agresivo, un año que no nos gustará tener que transitar. Aunque, como nada es azaroso, tal vez sea la cosecha de una siembra caracterizadas por la toma de decisiones equivocadas por parte de la sociedad argentina.

Como decía Raúl Alfonsín, un líder popular que el radicalismo debería atender con mayor asiduidad, "La casa está en orden. No hay sangre derramada en la Argentina." Ojalá que el Todopoderos ilumine a la dirigencia para que eso sea una constante, y no un objetivo puntual de política interna, a consecuencia de las decisiones adoptadas.

Feliz Navidad!

Alberto Lettieri exclusivo para Cadena BA. 24/12/2016

Doctor en Historia, Ex Director Académico del disuelto Instituto de Revisionismo historico Manuel Dorrego, Prof. Tit. UBA, Investigador Conicet, Escritor.




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